Ahora que llueve y ya sabemos que los años son otros puentes derruídos
Cuando escampe, Manhattan será por un instante dulce
Saara Alakorva es una joven sámi de Finlandia. Los sámis son llamados erróneamente “lapones” y una de sus actividades principales es la cría de renos. Saara vive al norte del círculo polar, así que, cuando algún turista ingenuo, irresponsable o amante de placeres congelados llega allá por error y le pregunta la dirección de Santa Claus, ella responde: “cien kilómetros al sur”.
Vino a Ginebra como parte de un plan de formación para los pueblos llamados originarios. En el día mundial de los indígenas, una celebración fue organizada en una agradable “Maison de la culture” de nuestra Roma protestante. Hubo los discursos de rigor, los documentales desgarrado(re)s de costumbre, los mismos esnobistas fatigados balanceando preguntas inútiles. Luego Saara cantó. No quiso micrófono. Se situó en una esquina de la sala, como si deseara permanecer invisible. Cerró los ojos. De algún lugar lejano, seguro que no era la sala, no podía ser posible, llegó la voz. Sólo una frase, o una palabra, o una sílaba larga repetida. Siempre la misma, pero siempre distinta, subiendo y bajando, desgarrando el sentido, abriendo otros que no tenían nada que ver con la semántica. Sonidos estallando en la melodía ¿pero era una melodía? Fonemas despidiendo calor como en una fisión atómica del lenguaje. Era casi visible, esa larga cinta sombría e iridiscente que le brotaba de todos los resonadores del cuerpo, dulce y terrible, todo el cuerpo transformado en instrumento, flauta, trompa, viola, tamboril. Como diciéndonos: puesto que la palabra será siempre engañosa, ¿por qué no asesinarla con una puñalada de pura voz? Pues toda carga racional que queremos forzar en el lenguaje es inútil, todo intento de comprensión vano, sólo cuenta la sensación que nos permite vislumbrar a través del muro. Eso decía su canción, su lamento, su grito.
¿Cuánto duró? No podría decirlo. Una hora, diez minutos, muchos años quizás. Me dejé atrapar y la noción del tiempo despareció. Acaso atravesé los siglos, como ese monje asido por el canto del ave misteriosa quien, luego de haber vislumbrado el paraíso, “cae” y es quemado por diabólico e involuntario vencedor del tiempo. Que de pronto regresó, aplastante, banal, con el silencio y los aplausos histéricos.
Cuando la gente se marchó nos fuimos a beber algo. No osaba confesarle que no encontraríamos ni ambrosía ni hidromiel. Pero pidió una coca-cola. Nunca una bebida me pareció más irreal.
Hace ya muchos años, poco antes de que un remedo de circo romano bautizado “Juegos Panamericanos de la Habana” comenzara, un letrero apresurado apareció en los muros de la capital : “No queremos panamericanos, sino pan americano”. La frase me hizo sonreír en un primer momento, esa ingeniosidad popular, además de admirar el coraje de aquél (o aquellos) que desafiaba la autoridad del palo. Y, luego, aún cuando seguí admirando el coraje, el sentido de la frase me hizo dudar un poco. ¿Por qué “pan americano”? ¿Por qué ese reflejo de dependencia, de sobrevivir con limosnas venidas de fuera, como si se fuera visceralmente incapaz, aún cambiando las cosas a fondo, de producir el propio pan (y aquí “pan”, tomando su etimología griega, quiere decir “todo”)?
Ese curioso sentimiento, consciente o inconscientemente, lastra actitudes, moldea maneras de pensar y de proyectarse en el porvenir. Dejándole al gran vecino y anfitrión - democrático, ciertamente (hasta ahora), poderoso, sin duda alguna – la iniciativa de alimentar (directa o indirectamente) no solamente nuestros vientres, sino también nuestras esperanzas. Cuando debería ser visto como un vehículo (entre otros) para llegar a la meta, y no como la meta en sí. Lo curioso es que de “pan americano”, literalmente hablando, viven no solamente millones de cubanos en la isla, sino también parcialmente la autoridad del palo misma, por esas ironías que tiene, no sólo la historia, sino también la economía.
Y la pregunta, porque hemos leído a Martí (el que nos obligaban a leer y el que seguimos leyendo después, solos): ¿Cuantos cubanos piensan, creen, desean, que Cuba sea algún día no solamente libre (eso pienso que todos lo queremos) sino además independiente? Independiente de verdad: de los “panamericanos” de boina y pacotilla, y del “pan (todo) americano”. Porque de nuestra creencia, de nuestra convicción en esa posibilidad depende, ínfima pero irremediablemente, la realización al menos parcial de ese sueño…que sueño, de todos modos, lo es. Un sueño que es a su vez un resguardo contra los desengaños por venir.
Desde Suiza, un poema de "El Beno". La foto que acompaña el texto también es suya.
Vamos a ver la realidad de frente
Vámonos de excursión a la realidad
Gran Cañón, barbitúrico, falaise,
Despeñadero
La realidad
Tiene un rojo matiz de tarde polvorienta
De neumáticos chirriando tristemente a lo lejos
Muy nostálgicamente
Y el aire tiene esa mentira de technicolor
Algo que va a pasar ya está pasando
Pasó sin que lo viéramos
Se fue con las volutas
con la nube
- que no fue de incienso
Pero vámonos
A ver
La realidad
De frente.
Seguro venden camisetas
Y hasta gorritas con su rictus franco
Pero quizás la vendan de perfil
En las toallas de felpa y espuma de
Mañana
Estaremos cansados a morir
Porque fuimos a ver la realidad de frente
Nos fuimos de excursión a la realidad.
Desde Suiza, otra colaboración del Beno.
Suiza, país de bancos, relojes y chocolate (según el confortable lugar común), es también tierra de brujos y curanderos. Parece inverosímil, pero es así. En las montañas del Jura pululan los “faiseurs de secrets” (hacedores de secreto), que pueden sanar de quemaduras, incluso graves y de otros males, por teléfono y gratuitamente. Los hospitales suizos, que se precian de estar a la vanguardia de la tecnología, tienen listas actualizadas de los “faiseurs…” y no vacilan en llamarlos si necesario.
Existen otros, en la amplia de gama de curanderos, que sanan por imposición de manos, por recitación de antiguas oraciones, etc. Pero entre todos ellos hay uno que resalta, tanto por su “método” o su poder como por su personalidad.
Denis Vipret es un sólido campesino de Friburgo, en el centro de Suiza. Entre un ordeño y una cosecha recibe a sus “pacientes”, tantos y tan pacientes que algunos esperan fuera desde las 3 de la mañana para poder entrar. Vienen de toda Suiza, y de otras partes de Europa. Son obreros, maestros, estrellas de las finanzas...enfermos. Vipret los recibe en un ala de su finca, donde ha dispuesto sillas (treinta) en círculo, mirando al centro. En su consultorio improvisado no hay incienso ni mirra, apenas un vago aroma de bosta vacuna. El les pasa detrás, tocándole los hombros rápidamente, ve. “Relájense, digan cualquier cosa, hablen de fútbol, cuenten chistes verdes”, les dice. A veces los chistes verdes los cuenta él. “Sobre todo no me hablen de sus enfermedades. No me hace falta y me enturbia la visión”. Una vez que ha tocado al último paciente, los recibe entonces individualmente, les explica lo que vio. Muy raramente se equivoca. La inmensa mayoría sana. A veces sucede lo terrible, y Vipret nunca se calla. “No puedo hacer nada por tí, ya es demasiado tarde. Sólo aliviarte un poco”. Las raras personas con las que se ha equivocado, porque es un ser humano (cómo ¿no era un X-Men o un 4400?) lo detestan, o lo han detestado. “’¿Cómo es posible que los sane a todos y no a mí, que haya visto claro en todos y no en mí?”. Si tuviera menos éxito, quizás lo perdonarían más fácilmente, tendrían más compañeros para repartir el infortunio. Ciertos curanderos tampoco lo quieren. Vipret tiene en su entrada un cesto con “secretos” y fórmulas mágicas que otros conservan preciosamente. Cualquiera puede servirse gratis. “No curo con fórmulas, sino con mi poder. Y, bueno, si se crearon para ayudar a los demás, ¿por qué tienen que guardarse en secreto?”. No le perdonan su “esotericlastia”.
Lo más increíble es que pueda también ver a distancia. Cuando va a un partido de hockey sobre hielo, a veces no disfruta “porque veo a través de la gente, veo sus males”. Incluidos los psíquicos. Y puede seguir desde lejos a sus pacientes, sobre todo a los que ha visto más de una vez. “Si algunos de ellos sufre, yo lo siento”. Sólo con su propia familia no es eficaz.
Una amiga estaba al borde de la desesperación. Tenía quistes que se multiplicaban y le impedían llevar una vida “normal”. Dos operaciones no habían bastado, iba para la tercera, (tenía ya fijada la fecha) y no sería probablemente la última. Le dijeron que viera a Vipret. Este le detectó su problema y otro que no sospechaba, una desviación en la columna, imperceptible, origen de sus extraños dolores de cabeza. Cuando regresó al hospital, para una verificación antes de la operación, nadie comprendió:”Fue el escáner que estaba defectuoso”, “Fue su médico que interpretó mal, señorita”. “Seguro había interferencias ese día”. La operación fue anulada. Los quistes habían desaparecido.
Pero lo más fascinante es su relación con la “energía”. Normalmente, los curanderos o brujos se fatigan después de cada intervención. Deben recuperar fuerzas. Denis Vipret funciona al revés. Su eficacia aumenta con el trabajo, como si se nutriera de la energía negativa de los demás, curándolos así. Por eso no hay que ser el primero en la consulta, el comienzo es el único momento en que el mago aparece algo cansado. Al final de la jornada está “entero”, según dice. Su poder o don pudiera ser peligroso, pues es capaz de controlar los órganos de la gente sólo con visualizarlos - “por ejemplo, trancarles los riñones”. Ya le propusieron una vez mucho dinero para matar a alguien. “Pero no acepté. Es más lindo sanar. Hacer daño no me divierte”. Roguemos porque no cambie de humor. Y que Vipret no se transforme en Vipèr(e)**.
*Pueblito de Friburgo, Suiza
**Víbora en francés
Desde Suiza, otra colaboración del Beno. La foto que acompaña el post también es suya.
Quién no recuerda esa escena del Blowup de Antonioni en la que jóvenes excitados salen de un concierto de rock y patean para divertirse un pedazo de chatarra. La chatarra en cuestión era, había sido hacía solo unos minutos, una guitarra defenestrada por Jeff Beck y por cuyos pedazos esos mismos jóvenes se habían disputado, considerándolos como preciosas reliquias. Fuera de contexto, la carga simbólico-emocional desaparecida, el sentido « bruto » del objeto reaparecía.
Así la significación se desliza sobre los objetos, tiñéndolos y destiñéndolos de valores diversos, sublimándolos y desapareciéndolos. En mi única y frenética jornada en Bangkok, antes de regresar a Europa, pude visitar el Wat Pho, el templo que acoge al celebérrimo e imponente Buda acostado. Logré acceder por el río, gracias a una lancha, el acceso por tierra hacia el centro de la ciudad estaba bloqueado por las manifestaciones de los « camisetas amarillas », partidarios del rey, contra los « camisetas rojas » del primer ministro. Algo tenso por la situación, pude sin embargo disfrutar de la magnificencia casi obscena del templo.
Me llamaron la atención unas estatuas que desentonaban un tanto con el resto. Altas de más de dos metros, representaban a hombres de tipo occidental con los rasgos ligeramente exagerados, vestidos de capa y llevando chistera y bastón. Intrigado de verlos junto a los consabidos « guardianes del templo » de fisonomía más « clásica » y sables de piedra, decidí investigar un poco. Supe que venían de China. Originalmente eses figuras grotescas eran precisamente eso, inmensas caricaturas de piedra que los artistas chinos esculpían para burlarse de los ingleses y otros occidentales recién llegados y terriblemente exóticos, y conjurar a la vez el miedo que éstos les causaban. Como empezaban a sobreabundar en el celeste imperio, fueron utilizadas en calidad de lastre por los barcos que efectuaban el comercio entre Siam (Tailandia) y China. Así llegaron a Bangkok. La travesía les había conferido, parece, una pátina respetable (el fenómeno se observa también en nuestra época, algunas caricaturas son transformadas en expertos con sólo atravesar el mar). Fueron, pues, aprovechando sus dimensiones y el horror que debían inspirar a los tai, empleados como guardaespaldas involuntarios de Sidarta Gautama (y de las riquezas del templo). Allí los encontré, sus casacas manchadas de hollín y de siglos, todavía ignorantes de la lengua tai, ridículos, despreciativos y rígidos.
No lo sabía entonces, pero en la madrugada tomé el último avión que despegaría de Bangkok en muchos días. Mientras volaba sobre la India, las camisetas amarillas ocuparon el aeropuerto Suvarnabhumi, provocando la caída del líder de las camisetas rojas. El ejército, como un guardián de piedra más, no se movió.
Desde Suiza, otra colaboración del Beno. Las fotos que acompañan el post también son suyas.
Mi periplo por las montañas al norte de Chiang Mai comenzó en territorio Hmong. Los Hmong, a diferencia de los Karen, no son originarios de Tailandia. Pueblos esencialmente nómadas, vinieron de China, de Laos y de Viet Nam. Las lujuriantes colinas tailandesas, similares a las de su hábitat primero, los indujeron seguramente a establecerse allí.
En la mañana llegué a un poblado de Hmong blancos (esta denominación no tiene nada que ver con la piel, sino con el color predominante en sus vestidos, aunque en realidad éstos sean muy coloridos). Son budistas y cultivadores de flores, sobre todo crisantemos y otras cuyo nombre mi incultura botánica me impide mencionar. El rey de Tailandia, omnipresente, los había “estimulado” a esta actividad para arrancarlos a su práctica ancestral: el cultivo de la adormidera y la consiguiente producción de opio. Me recibieron sonrientes pero a la expectativa. Constaté con asombro la presencia de poderosos pick-up delante de cada cabaña y de enormes parabólicas en cada jardín. Les pregunté entonces si los crisantemos eran un negocio tan rentable. Las sonrisas se hicieron aún más herméticas.
Al anochecer llegué a otro caserío Hmong. Estos eran los llamados “negros” o “azules” por la misma razón. Animistas, son adoradores de los antepasados y de la naturaleza. Más modestos que los precedentes, me brindaron sin embargo con amabilidad su cena cotidiana de hierbas amargas, raíces salvajes y arroz de montaña. Después del refinamiento Tai y antes de la delicadeza Karen que aún no conocía, esa comida fue como retornar a la cocina de los orígenes.
Hice mi lecho en el único espacio disponible: una habitación que servía de salón durante el día y por la noche como almacén de flores (las llevan al mercado al amanecer). Hacía frío, y el aire olía a una mezcla de pradera y cementerio. La inevitable gentileza criolla me había hecho ofrecerle mi colcha de lana a la dama que me acompañaba; el piso helado entabló un diálogo vibrante con mis riñones. Gritaban tanto que me levanté a tomar el fresco a las cuatro de la mañana.
Ya ellos estaban levantados. Por una hendija en la cocina (que es una cabaña separada del resto) escuché voces apagadas y vi un resplandor, promesa de calor. Yo permanecía en la oscuridad, aspirando el humo de leña mezclado con el aroma de las flores y la pureza húmeda del aire. De pronto todo se calentó. Manos pequeñas e iluminadas me acercaron un brasero gigante, un brasero de barro con reflejos de acero de donde se escapaba un fuego salvaje pero contenido, como si hubiera concluido con el hombre un pacto de no agresión, a renovar cada día. Las pequeñas manos (por qué milagro de fuerza podían transportar el inmenso recipiente sin dejarlo caer, no lo sé) lo depositaron junto a mí, cual una ofrenda. Nunca estuve más cerca de la esencia del fuego.
El jefe de familia me saludó y acto seguido lanzó una vaina como de algarrobo gigante sobre el brasero. Esta se contorsionó y, al cabo de algunos minutos, se volvió oscura y blanda como una serpiente negra. Supe entonces que ese sería mi desayuno.
En la mañana, antes de la despedida, la abuela de la casa me ofreció una extraña flor. Es una especialidad de la región. Las flores, pequeñas y brillantes, son despojadas de su tallo natural y corruptible. En su lugar les ensartan un palillo de bambú. Pueden durar así, vivas, muchos meses, incluso años. Casi una metáfora del exiliado.
No me traje la flor conmigo: no hubiera pasado el control sanitario de la aduana. La ofrecí a una muchacha de Chiang Mai. Quedan las imágenes, las palabras.
Desde Suiza, otra colaboración del Beno. Las fotos que acompañan el post también son suyas.
Mis ocupaciones profesionales me llevaron hace algún tiempo a las montañas del norte de Tailandia. Luego de una breve estancia en una tribu de Hmong animistas, me fui a visitar una tribu Karen. Los Karen son gente jovial y emprendedora, y su artesanía textil es de una justa belleza, elegante y sin excesos. Viven en casas sobre pilotes como hace mil años y son conocidos por ser expertos domadores de elefantes.
En el poblado donde dormí no había elefantes: sus habitantes cultivan arroz y no reciben turistas (yo no iba en calidad de tal). Un misionero americano los había convertido al protestantismo (bautismo) en los años 50. Decliné con respeto una invitación al culto en lengua karen (mi escaso vocabulario no me hubiera permitido saber si se citaba a Isaías, a Jeremías o al jefe de la aldea - no hubiera sabido donde meter el “amén”… y sí la pata). Pude así hacerle compañía a la abuelita, quien, por haber nacido mucho antes del 50, había depositado su fe en otra parte.
En la noche descubrí con inmenso asombro que un hijo de la mencionada abuelita era fanático del boxeo cubano – citaba nombres y todo. Para compensar su decepción al confesarle que yo no compartía su entusiasmo, le ofrecí uno de los puros dominicanos que, como buen criollo fumador del exilio, llevo siempre conmigo. Decliné lo más cortésmente que pude las hojas de sospechoso aroma con las que quiso agradecerme así que, no queriendo fallar a la sagrada tradición del trueque, me ofreció un típico cencerro karen, utilizado por uno de sus búfalos (aquí búfalo es búfalo, no el bisonte americano cuyo nombre en inglés puede confundir). Era un rústico pero bello objeto que traje conmigo – está en mi salón – y que me dio, y me da, mucho que pensar.
Los cencerros “occidentales” - y en Suiza, con todas esas vacas, no es lo que falta – tienen el badajo en el interior: el sonido se logra cuando éste choca contra las paredes interiores del mencionado instrumento. El cencerro karen fue concebido siguiendo una lógica diferente. Es una sabia combinación de maderas duras y semiduras. Dos brazos articulados percuten alternativamente las paredes exteriores del instrumento siguiendo el balanceo del animal: se mueve a la izquierda, el brazo derecho golpea; se mueve la derecha, es el brazo contrario el que provoca el sonido. Sonido que, aunque de coloratura menos punzante y más sutil, más mezzo que soprano (pienso en la deliciosa Vivica Genaux) no difiere mucho, al fin y al cabo, del de sus parientes occidentales. Y su función es, grosso modo, la misma: señalar la presencia de los miembros del rebaño y, ocasionalmente, espantar predadores. La diferencia es el efecto estético, fruto de una visión del mundo: los brazos que se alternan bamboleantes cual un músico ebrio, la conjunción de los contrarios. Y esa involuntaria respuesta euclidiana a un célebre koan zen: ¿quién conoce el sonido de una sola mano?
por el Beno
Una frase recorre el mundo y justifica falsos movimientos – pseudo cambios - que generan preguntas y profusión de artículos. ¿De dónde viene la frasesita? ¿De la canosa cabecita ? Navegando se llega siempre a alguna parte, así llegué a este librillo, publicado hace ya algún tiempo y disponible en línea en la página web de Calameo :http://en.calameo.com/books/0000029556ad1bcc58b15
La obrilla de marras se nombra: Las 48 leyes del poder: un manual de las artes del engaño, de R. Greene y J. Elff . Su préambulo dice: «Te ofrezco, estimado amigo, un documento imprescindible para entender el entramado de corrupción de quienes optan por la política como ambición y no como servicio, es decir, todo aquel que desea disfrutar de la dulce miel del poder… »
Si continuamos la lectura, vemos que el Meloso (o Moloso ) en jefe no se contenta con el preámbulo, y que aplica las leyes de Greene y Elff al pie de la letra (y del cañón) : Después de la ley n° 1 : No eclipsar a nuestros superiores (Carlitos, Felipito, no leyeron el librito ?) encontramos, por ejemplo, la Ley n° 3 : Ocultar las intenciones, la n° 4 : Decir menos de lo necesario (ilustrada con el anuncio sibilino de las destituciones) y la Ley n° 16 : Utilice la ausencia para incrementar el poder. Para los detalles, pinchen en el enlace más arriba.
En la oferta de libros en línea de Calameo, el mencionado se codea, entre muchos otros, con el I Ching: el libro de los cambios (ya !), Cómo hacer un viaje astral (pronto ?) y Cómo hacer jabones en casa (muy útil para empiyamados diurnos, hay que matar el tiempo a falta de…). Pero si estos últimos insisten en preguntarse obstinadamente : ¿por qué yo? La respuesta pueden encontrarla en el I Ching, página 26 de la versión Calameo: « No relacionarse con lo dañino ». Siempre hay un pecado original.
Foto tomada por el Beno
Leone urlante (león aullando), de Mirko, hecha en 1956. Jardín del Museo Peggy Guggenheim, en Venecia.
Desde Suiza, El Beno, quien amablemente ha accedido a colaborar con este blog.
Canossa
por el Beno
Nadie te humillará en la nieve. Nadie te hará besar la cruz de plata mientras el humo de los belfos anãde un pálido arcoiris a la escena. No habrá guerreros silenciosos que bloqueen las salidas de la ciudad llameante, ni campanas callando de verguenza, ni un estandarte rojo atravesado por una espada tuerta. Caminarás sin que levante un átomo de polvo tu presencia : ya los reinos han sido divididos, y los cadáveres del sueño cuelgan de las ventanas como banderas putrefactas. Nadie te humillará en la nieve – ya no hay nieve –, te ofrecerán una postal de invierno y un bolígrafo lleno, y quizás un boleto de tren hasta la costa donde tus días se teñirán de miedo. Serás como una piedra entre las piedras – pues la sucia batalla de tus manos habrá ya consumido tu esqueleto.
Pero ninguno - ni eso – te humillará en la nieve.
Desde Suiza, El Beno, quien amablemente ha accedido a colaborar con este blog.
Tres importantes filósofos alemanes, que vivieron en un momento de sus vidas en un mismo espacio-tiempo crítico, muestran actitudes diversas ahí donde es necesario definirse como ser humano. ¿El espacio-tiempo? La Alemania de 1933-1945. ¿Los personajes? Husserl, Heidegger y Jaspers.
El gran y oscuro Husserl, fue expulsado de la universidad de Fribourg-en-Brisgau por ser judío (las leyes raciales de Nuremberg). Hombre ya anciano (había nacido en 1859), decidió erigir una “muralla espiritual” entre él y el mundo y permaneció en Alemania. Murió (casi podemos decir, felizmente) en 1938. Apenas osamos imaginar lo que le habría sucedido si hubiera vivido más.
El aún más oscuro Heidegger, ario de buen tinte, era nombrado rector de la misma universidad mientras Husserl (quien había sido su casi mentor, y al que le había dedicado Ser y Tiempo) era echado como un vulgar trapo. No levantó el más mínimo dedo para ayudarlo (al menos que se sepa). Vivió en Alemania hasta el final, y aún después. Coqueteó con el nacional-socialismo. Tenía una corte de aduladores. Nunca le faltó el jamón. Pensaba que todo puede justificarse por el lenguaje.
Jaspers no era judío, pero su mujer sí, y nunca ocultó su oposición al nazismo. Por eso perdió cátedra y derecho a enseñar. También decidió quedarse en Alemania, corriendo riesgos, protegiendo a su esposa y comiéndose un cable. Jaspers tenía una enfermedad crónica muy rara y considerada mortal (le habían pronosticado que moriría antes de los 30 años) que lo obligaba a acostarse cada dos horas y a beber algo de leche para sobrevivir. Cuando los nazis fueron derrotados, le devolvieron su cátedra. El primer curso que impartió entonces tuvo por tema y título “El problema de la culpabilidad”. Nadie salió indemne del mismo. Más tarde Jaspers y su esposa partieron a Suiza. Allí enseñó hasta su muerte. Vivió viejo, hasta los 86 años. Parece que la integridad moral conserva.
(Hay quien objetará que la maldad también…Quizás, pero no de la misma manera).
Entre los que se fueron de Alemania encontramos al joven Klaus Mann, el hijo de Thomas. Mundano pero inteligente y sensible, fue uno de los primeros en advertir sobre los peligros y en denunciar los horrores del nacional-socialismo rampante. Quizás desencantado por la actitud complaciente que manifestaban (hasta 1939) las potencias europeas hacia Hitler y sus compinches, pensó que la salvación se hallaba al este (y no del Edén precisamente). Se inscribió en el ejército americano (también porque los marines lo estimulaban) y desembarcó con los aliados. Se suicidó en Cannes en 1949, a los 42 años. Algunos dicen que su suicidio data en realidad del momento en el que, como Aragón (Louis, no la orquesta) y tantos otros, le encendió velitas a Stalin, velitas tan luminosas que ocultaban la sangre. Koestler habló muy bien del pecado de muchos afiliados a la izquierda quienes, desde 1933, “quisieron ser antifascistas sin ser antitotalitarios”. Sería entonces uno de los suicidios colectivos - intelectuales – más grandes de la historia. Hubo otros después. Pero en el caso de Klaus Mann todo es más complicado: siempre fue un defensor de la democracia americana y nunca se adhirió al partido comunista. Quizás fueron sus contradicciones las que (amén de otros motivos de índole personal) lo condujeron al suicidio.