Descubro dentro de un libro que traje de Cuba este soneto inglés que escribió mi tío abuelo Fernando Fermín Gonzalez Quesada. Después de varias llamadas a miembros de la familia, me confirman que tío Fernando escribió decenas de poemas, sobre todo durante su prolongada estancia en el hospital psiquiátrico de la Habana (Mazorra). El poema lo encontré mientras hojeaba el libro “A Farewell to Arms” de Ernest Hemingway en una edición de 1929 (Charles Scribner’s Sons). Tío Fernando había aprendido inglés de niño cuando sus padres se mudaron a Chicago a principios del siglo pasado. En los años veinte regresan a Cuba y tío Fernando entra a la Universidad de la Habana. Es ahí donde su vida cambia radicalmente. Obsesionado con el marxismo, se lee “El Capital” varias veces. Me cuentan que se encerraba en su habitación días enteros sin bañarse y sin apenas comer. Las paredes las llenaba de notas y citas del libro de Marx. Un día empezó a construir un modelo, una especie de representación grafica de los pasos necesarios para construir el comunismo a escala mundial. Se le podía oír serruchar los listones de madera y hablar de cómo cada pieza encajaba dentro del gran rompecabezas que estaba armando para ayudar a los proletarios del mundo a entender la tesis de Marx. Un día sucedió algo muy extraño. Cuando tío Fernando ya estaba a punto de poner la última pieza, dio un tremendo alarido que estremeció las paredes de la vetusta casa de madera. Después del grito, vino lo peor. Tío Fernando, al parecer enloquecido por el resultado final de su obra, le prendió candela al artefacto de madera. El fuego rápidamente consumió toda la casa. Sus padres decidieron entonces ingresarlo en Mazorra donde estuvo recluido cerca de diez años. Fue durante esa estancia que escribió muchos de sus poemas, incluido este. Me dicen que nunca les ponía título a sus poemas. Se los dejo a su consideración.
Descubro en el lodo un toque de luz
que se contrae y esparce a la vez,
hay razones que fermentan la cruz,
hay aguas donde mora la tozudez.
La luz se tensa detrás de sus bríos,
cual sombra que construye su destierro.
Abrígase de sus muertes y de sus fríos
como un soldado débil le huye al hierro.
Marcado el silencio de mis despojos,
rasgo el musgo harto de los adoquines
en busca del tiempo y sus mil confines.
La luz cual velo ensombrece mis ojos,
magreo las manchas de los deseos,
frutos del mal, hijos de mis vareos.