Showing posts with label relato. Show all posts
Showing posts with label relato. Show all posts

Thursday, February 11, 2010

Rotura

I

A un señor se le rompe el auto en medio de la autopista. Se preocupa. Es la hora pico y en su ciudad las personas no son muy amables. El señor no sabe qué hacer. De modo que no hace nada, que es lo recomendable en estos casos. Las horas pasan y el hombre aún ahí, dentro de su auto, viendo los otros autos pasar. El señor recuerda que aún le queda un pedazo del sándwich que trajo para el almuerzo. También recuerda que en la guantera tiene guardado el diario del domingo. Enciende el radio, se come el sándwich, lee el periódico. El señor se siente muy a gusto y olvida que ha caído la noche y que no encendido las luces de su auto. De pronto oye un ruido de frenos y observa a través del espejo retrovisor un camión que se acerca rápidamente y el rostro asustado del chofer que intenta en vano evitar el impacto.

II

A un señor se le rompe el auto en medio de la autopista. Se preocupa. Es la hora pico y en su ciudad las personas no son muy amables. El señor no sabe qué hacer. Pero decide hacer algo, que es lo recomendable en estos casos. Aunque no sabe mucho de mecánica, decide revisar el motor. Extrae las bujías, las limpia, chequea el aceite, revisa el agua del radiador, desarma por aquí, por allá, sin saber a ciencia cierta lo que hace. Las horas pasan y el hombre aún ahí, revisando el motor, tratando de reparar lo que no entiende. El señor se siente muy a gusto y olvida que ha caído la noche y que no ha encendido las luces de su auto. De pronto oye un ruido de frenos y observa un camión que se acerca rápidamente y el rostro asustado del chofer que intenta en vano evitar el impacto.

III

A un señor se le rompe el auto en medio de la autopista. Se preocupa. Es la hora pico y en su ciudad las personas no son muy amables. El señor no sabe qué hacer. Entonces llama a su esposa, que es lo recomendable en estos casos. Su esposa le dice que llame a un camión de remolque. El hombre llama y le dicen que todos los camiones de remolque están ocupados, que ha habido muchas roturas, que va a tener que esperar. El señor lo toma con calma. Se acuesta sobre el techo del auto y se pone a mirar las nubes, algo que no hacía desde que era un niño. El señor se siente muy a gusto, sobre todo cuando nota que ha caído la noche y que además de las nubes podrá mirar las estrellas. De pronto oye un ruido de frenos y observa un camión de remolque que se acerca rápidamente y el rostro asustado del chofer que intenta en vano evitar el impacto.

© Ernesto González, 2010

Sunday, November 8, 2009

La fábula del muro

Había una vez un país donde construyeron un muro muy grande para que los ciudadanos no se vieran tentados a escapar. El gobierno ayudaba así a la gente a sentirse felices con lo que tenían, por muy poco que fuera. Algunos ciudadanos, los mas débiles, a veces se enfermaban y les daba por saltar el muro. Les entraba una extraña obsesión de averiguar qué había del otro lado. El gobierno, siempre preocupado por la salud de la mayoría, evitaba a toda costa que esos ciudadanos lograran su cometido. No porque del otro lado existiera un mundo mejor sino porque querían evitar que los ciudadanos del país vecino se contagiaran y les diera también por saltar el muro. Ese salta y salta era peligroso. Había que castigar a los trasgresores de la manera más radical posible. Además, ¿qué sentido tenía construir un muro y no castigar a los que intentaran saltarlo?

Un día sucedió algo muy extraño. Los ciudadanos, habiendo entendido después de muchos años y de muchas muertes que saltar el muro era ilegal, decidieron derribarlo a golpe de mandarrias. Así, al no haber muro, no era ilegal saltarlo. ¿Cómo podría ser ilegal saltar algo que no existía? Esa fue la primera pregunta. Después vinieron muchas otras.

Saturday, October 24, 2009

El hombre que escribía cuentos

 

old_typewriter

El hombre que escribía cuentos se sentaba frente a su computadora todas las noches. Escribía varias horas sin parar. Terminaba agotado y sudoroso, como si hubiera corrido todo ese tiempo detrás de algo inasible. Concluida la historia, invariablemente hacia lo mismo. Movía el cursor hacia el extremo superior derecho de la pantalla y pinchaba la X. Cuando la computadora le preguntaba ¿“Quisiera guardar los cambios que ha hecho”? pinchaba siempre No y se iba feliz a la cama.

© Ernesto González, 2009

Saturday, October 3, 2009

Regalo de cumpleaños

Empiezo este diario en una libreta que le robé a mi sobrino. Hoy es mi cumpleaños. Y sucedieron cosas que vale la pena contar.

Por la mañana tenía trabajo; en la Habana Vieja, más exactamente en la manzana de Gómez. El curso para profesores de secundaria y preuniversitario que estoy impartiendo. Desde que llegué tenia intenciones de irme: una sola alumna. ¿Qué iba a hacer con ella? Luego llegaron más, escalonadamente. En el receso salí y recordé a una muchacha con la que hablo todos los martes: una secretaria, rubia y que me gusta mucho. Hoy la noté más amistosa que nunca, con deseos de conversar. Nos dimos datos mutuos y la invité a mi fiesta de hoy. Aceptó. Me dijo que pasara a verla antes de irme para confirmar el encuentro en mi casa.

Llegué a la casa. Al rato empecé a tomar con mi hermano. Eran las dos de la tarde.

A las cinco fui a comprar una caja de cervezas.

Alrededor de las siete, la esperada sorpresa: Loly, la secretaria.

Vestida de negro. Rubia vestida de negro. El contraste me enloqueció (la bebida había hecho lo suyo también). La besé en la boca y nos pusimos a conversar.

A eso de las diez de la noche, me llevé a Loly a un cuarto que había alquilado. 20 pesos y toda la noche era nuestra.

Fue algo sorprendente. Nunca imaginé que tuviera un cuerpo tan hermoso. Vestida, lucía delgada, nada del otro mundo. Desnuda, era otra cosa. Sus senos eran increíblemente bellos y sensuales. Sus nalgas, firmes y redondas.

Hicimos el amor como dos locos.

Nunca me había resultado tan fácil empatarme con alguien.¿Un regalo de cumpleaños?

Después, nos quedamos dormidos, cansados y satisfechos.

La volví a ver una vez más y ya no fue tan amistosa.

© Ernesto González, 2009

Monday, July 6, 2009

Conversación

-- Na’, bro, que cada vez que voy a Cuba, no me bajo de siete mil dólares.

--Tanto, ‘sere? De pinga, brother, se te fue la mano.

--Coño, mi herma, que no exagero…Es que con los impuestos y la vuelta. Acuérdate que yo me meto una semana y en el vacilón se me van mil tablas al día. El dinero se me va como agua, bro.

--Oye, ¿a qué hora empieza la clase esta?

--Creo que a las tres, pero yo no voy a ir, así que me hace falta que después me prestes tus notas, bro.

--Sin lío. ¿Y adónde vas, bróder? ¿Vas a meter un escape?

-- Na’, voy a la oficina de ayuda financiera que no me han mandado el dinero de este semestre y no he podido renovar el seguro del carro.

Saturday, March 21, 2009

El señor

guayabera1

El señor no podía tolerar siquiera una diminuta mancha en sus ropas. Le atacaba una obsesión enfermiza al notar, por ejemplo, que la blancura de una camisa había sido violada por una gota de café, de vino, de grasa, o de cualquier otro líquido que dejara su huella sobre sus ropas. Esto le resultaba, a él que siempre perseguía una existencia inmaculada, una situación inaceptable contra la que tenía que combatir resueltamente. Pues bien, este hombre, meticuloso en extremo, y aunque parezca improbable, estaba casado. Su mujer, cocinera en un restorán de mala muerte y peor clientela, lo engañaba con un borracho de la calle Obispo. El señor, hombre sin pasiones, no amaba a su esposa, pero como era un tipo tradicional, de los que comprenden las ventajas del matrimonio, se sentía muy a gusto en aquella familiaridad artificial que había creado; no tenían hijos, por supuesto. Ninguno de los dos quería tener familia. El, porque los niños ensucian mucho y crean desorden. Ella, porque no lo amaba a él y preferiría tener hijos con el borracho.

Con el tiempo, las relaciones de la señora con su amante se hicieron sólidas. Una tarde de domingo, antes de que el señor y su esposa salieran de la casa para hacer una acostumbrada visita dominical, la señora, con una resolución digna de envidia y que es común en las mujeres en tales casos, preparó un poco de café, lo vertió en una taza, y con un gotero le dejó caer tres gotas de cianuro. Luego, sin que el señor lo notara, derramó una gota de café envenado en el bolsillo superior derecho de la guayabera blanca, la usual en estas tradicionales salidas de domingo. Ya estaban en la calle, caminando bajo el impertinente sol del trópico, cuando el señor descubrió la mácula en su guayabera. Como era medio cegato, al principio la confundió con una mosca. Pero al tratar de espantar lo que creyó era un insecto, notó alarmado que era una inaceptable mancha de café. Miró a su esposa; ella levantó los hombros y lo miró con una cara digna de ser conservada como el modelo inmejorable de la inocencia. El señor empezó a sentirse molesto, los ojos le ardían, la nariz le picaba, la boca le babeaba. Se detuvo. Se sentó en la acera. Su mujer lo observaba ansiosa. El señor se decidió al fin. Con la abundante saliva que fluía de su boca, trató de borrar la mancha. Una y otra vez mojaba el dedo en la lengua y lo pasaba por el bolsillo manchado. De pronto sintió que se ahogaba. Se tendió sobre el suelo. Su mujer lo miraba con más curiosidad que temor. Dejó de moverse. Estaba muerto. La mancha había desaparecido.

© Ernesto González, 2009

Saturday, November 15, 2008

El filósofo

Boots

Los habitantes de la pequeña villa acordaron reunirse en la plazoleta del parque para entre todos decidir cómo agasajar al filósofo que los visitaría por unos meses con el fin de compartir con ellos los secretos de su sabiduría. Uno dijo que le regalaría una de sus casas. Otro dijo que le regalaría un caballo. Un banquero ofreció regalarle una elevada suma de dinero. El dueño del único restaurante del pueblo prometió que le encargaría a su mejor chef que le cocinara al filósofo todos los días. De pronto se hizo un silencio y un niño pidió permiso para hablar. El niño sugirió que si no sería mejor preguntarle al filósofo qué era lo que necesitaba. Todos se miraron asombrados. Les parecía que el niño llevaba mucha razón en lo que decía. Le pidieron al maestro de la escuelita del pueblo que le escribiera una carta al filósofo haciéndole las preguntas pertinentes. Una vez terminada la carta, le pidieron al cartero del pueblo que se la llevara al filósofo esa misma tarde. Después de leer la carta, el filósofo, que estaba sentado debajo de un árbol meditando, se quitó sus botas y se las dio al cartero.   Al notar la confusión del cartero, el filósofo dijo: "Regresa al pueblo y diles que sólo necesito el espacio que ocupen estas dos botas juntas." El cartero, aún sin entender (que los carteros sólo llevan mensajes, nunca los entienden), se montó en su caballo y salió galopando de regreso al pueblo.

Fábula

joker

Antes de lanzarlo al mundo, Dios le explicó al señor A. que podía mandarlo como rey o como mensajero del rey. El señor A. no sabía la diferencia y le pidió a Dios que se la explicara. Dios le dijo: "Como rey, tendrás mucho poder y vasallos que te halaguen y te paguen feudos.Tendrás mucho dinero, tomarás el mejor vino del reino, y todos acatarán tus órdenes. Pero tendrás que tomar muchas decisiones vitales para tu reino y cuando tu ejército pierda la guerra, tu cabeza rodará por el suelo. Como enviado del rey, irás por todos lados repitiendo todas las estupideces que diga él diga y te será negado el don del razonamiento. Tampoco tendrás que tomar decisiones importantes. Eso sólo lo hace el rey. Cuando haya guerra y el ejército del rey pierda, tu cabeza no rodará por el suelo porque reconocerán tu insignificancia."

El señor A. escogió ser cantante de salsa.

Sunday, November 2, 2008

El viento

Windy Day on the Meadows (Jennifer Thomson) 

Esa tarde empezaron los vientos. Recuerdo que estábamos conversando en el patio. Mi hermano Carlos nos contaba anécdotas de la guerra, de la que recientemente había regresado. Los vientos empezaron de pronto a batir del norte al sur, una dirección extraña para esa época del año. Lo que nos llamó la atención fue que la velocidad del viento era constante, algo más peculiar todavía. No había ráfagas. No amainaba. Era como un río de aire sobre nuestras cabezas. Carlos tuvo que dejar de hablar porque sus palabras se las llevaba el viento. Resultaba imposible escucharlo también dado que el viento traía palabras que venían de otros lugares y que no entendíamos no sólo porque pasaban muy rápido sino porque eran palabras en otros idiomas. Entramos a la casa. Mi madre nos hizo café mientras Carlos y yo buscábamos en la televisión alguna noticia que explicara lo acontecido. La televisión nos decía que lo de los vientos era un fenómeno global sin explicación.

El viento arrastraba no sólo palabras sino otros ruidos también. Se hacía imposible estar afuera. Las personas empezaron a tapiar las ventanas y mantener la televisión o el radio puestos para así cubrir los ruidos que el viento arrastraba consigo. La gente que vivía en el campo empezó a oír ruidos de ciudad y los que vivían en la ciudad empezaron a oír los del campo. Un bloguero famoso lo llamó la “democratización del ruido”, pero a mucha gente no le hacía demasiada gracia esta supuesta democratización. Los países pobres empezaron a quejarse ante las Naciones Unidas de que los países ricos hacían mucho más ruido que ellos y que deberían pagar algún tipo de impuesto a las naciones pobres que tenían que recibir los ruidos de la modernidad y la abundancia cuando no poseían ninguna de estas dos cosas. Simplemente no les parecía justo. Las naciones ricas también protestaron porque decían que ahora tenían que oír los ruidos anticuados de los naciones pobres, algo que ellos ya habían superado al llegar a la modernidad. Simplemente no les parecía justo.

Un día los vientos cesaron como mismo habían empezado: de pronto y sin explicación alguna. Y todos fueron felices de nuevo, las naciones pobres, las ricas, la gente del campo y de la ciudad, todos satisfechos por haber recuperado sus propios ruidos.

El cuadro que ilustra el relato se titula "Windy Day on the Meadows" y es de la pintora Jennifer Thomson.

Friday, October 31, 2008

El pianista

Pianist

Después de tomarse el café, que ya se había enfriado, el pianista encendió la radio para escuchar la música que tocaban otros. Siempre hacía lo mismo antes de salir rumbo a un concierto. El pianista era un hombre muy supersticioso. Temía que de no seguir su rutina, algo inevitablemente saldría mal en el concierto. Hoy, sin embargo, algo andaba mal. Al encender la radio, sólo escuchó un silencio exasperante. Esto lo desconcertó. Se cercioró de que la aguja marcara el sitio correcto en el dial. Apagó y encendió el radio dos veces. Nada. Silencio total. Para no romper la rutina y convencerse de que nada de esto había sucedido, regresó al baño y se volvió a cepillar los dientes. Al regresar a la cocina, bebió café frío de nuevo y encendió la radio. Silencio. No sabía qué hacer. Sus manos temblaban. Le parecía que aquel silencio antes del concierto no era un buen presagio. Decidió regresar una vez más al baño a cepillarse los dientes y reiniciar la rutina, pero tropezó con un ejemplar de la biblia que estaba tirado en el piso y cayó estrepitosamente. Al caer, se dio un golpe muy fuerte en la cabeza y empezó a sangrar. Fue en ese instante que vio ante sus ojos la solución. Su piano. Decidió sentarse a tocar su propia música. Al tocar las teclas, del radio empezaron salir las mismas notas que el pianista tocaba magistralmente en su piano. Comenzaba así una nueva rutina.

Thursday, October 30, 2008

El señor

El señor vino una tarde. Andaba buscando unas joyas que había visto una vez en un sueño. El joyero lo miró desconcertado. Nunca había oído algo semejante. Pero los joyeros son mercaderes y no deseaba perder a un posible cliente. El señor describió las joyas con esmero. Habló de oro y de diamantes, de piedras preciosas, de brillos que el joyero supo entender. Los joyeros son gente que entienden muy bien ciertas cosas. El señor decía que estaría dispuesto a pagar en efectivo sin importarle la cantidad. El joyero, que estaba agotado después de un largo día de trabajo, le explicó que la encomienda tomaría días, pues había otros pedidos anteriores. El señor, insistente, contestó que el sólo deseaba las joyas, que ni el tiempo ni el dinero le preocupaban mucho. El joyero demoró tres semanas en completar el trabajo. Cuando las joyas estaban listas, llamó al señor. Nadie contestó. El joyero dejó un mensaje. “Sus joyas están listas.” Al día siguiente, la policía vino a la joyería y le dijo al joyero que tenían una orden de registro. El joyero, hombre amante del dinero pero respetuoso de la ley, no puso objeción alguna. Al encontrar las joyas que el joyero había hecho para el señor, la policía le informó que estaba bajo arresto. El joyero, desconcertado, preguntó cuál era el motivo. La policía le explicó que las joyas habían pertenecido a un señor muy acaudalado que había muerto en circunstancias muy sospechosas hacía un año.

Saturday, October 4, 2008

Yilia



Viernes, 14 de febrero de 1992

Llego de la Universidad. Mi hermano tomando cerveza con un amigo. No quiero tomar. La única forma de evitarlo es salir. Me monto en la bicicleta y a andar se ha dicho. Salgo sin rumbo, pero recuerdo que en el Malecón hay fiesta y para allá voy. A fundirme con la gente y olvidar que estoy solo.
Y sorpresa: veo una muchacha sola, le digo un piropo, sonríe, me agrada, algo me dice que insista, insisto, me rechaza un poco, no insisto más. Sin embargo, al rato me la vuelvo a encontrar y entablamos conversación. Parece que le caigo bien. Hacemos la cola del refresco, pero ella tenía que irse y la cola se demoraba. Le pedí el teléfono y me da el del trabajo. Trabaja en Radio Habana Cuba en la sala de teletipos y estudia derecho en el curso dirigido.

Es hermosa, parece inteligente, se llama Yilia.

Miércoles, 19 de febrero de 1992

Ayer llamé a Yilia y la invité al cine. Aceptó.

Fuimos al Yara. Vimos la película española “Tacones lejanos”. Al salir del cine, decidimos sentarnos en el Malecón. También caminamos. Conversamos mucho.

Jueves, 20 de febrero de 1992

Salí con Yilia de nuevo. Fuimos a Islamada, una cafetería al aire libre cerca del Malecón. Conversamos. Creo que me estoy enamorando. Le hablé de mis intenciones y no me aceptó, aunque tampoco me rechazó. Acordamos que si algo sucede, que sea espontáneamente. Toda esta conversación ocurrió en el muro del Malecón, frente al mar.

Sábado, 22 de febrero de 1992

Fui a la Feria con Yilia. Fue un día hermoso. Conversamos mucho. Ella me tiene completamente cautivado. Es inteligente, tierna, hermosa, sensible, sencilla, un ser maravilloso.

Martes, 25 de febrero de 1992

Hoy fuimos a La Cocinita a comer hamburguesas. La cola fue larga y agotadora. Llovió. Yo andaba en la bicicleta. Por suerte, cuando salimos ya había escampado. La llevé hasta la parada de 25 y N.

Miércoles, 26 de febrero de 1992

Hoy vuelvo a salir con Yilia, esta vez fuimos a Coppelia. Día lluvioso.

La quiero. Aún no somos novios, pero cada vez me parece más maravillosa. Si no la conquisto me vuelvo loco.

Sabado, 29 de febrero de 1992

Fui a recoger a Yilia. En espera del concierto de Tanya en el Kart Marx, nos llegamos a la cafetería Kasalta y allí hicimos una cola pequeña pero demorada. Mientras esperábamos, conversamos sobre lo nuestro. La presioné. Me contestó que no quería estar conmigo, que era mejor no vernos más porque yo me sentía incómodo a su lado y ella no quería que eso sucediera. Luego fuimos al concierto. Me mantuve en silencio toda la noche.
Al despedirnos, le pregunté: “¿No te llamo más?” “No.”

Al llegar a la casa, intenté dormir pero no pude. Estaba cansado pero la inquietud y la desesperación no me dejaban dormir.

La quiero. Pero no sé conquistarla.

Domingo, 1 de marzo de 1992

Me levanté temprano en la mañana, me monté en la bicicleta y fui en camino de casa de Yilia. No sabía con exactitud donde vivía, pero hallé la casa. Se sorprendió de verme. Estaba en el patio, lavando. Conversamos. Le expliqué que no podía estar tranquilo en la casa y por eso vine a verla. Quería seguir viéndola. Ese rompimiento tan súbito me hacia daño. Necesitaba ir alejándome de ella poco a poco. Aceptó. No sé si esto saldrá bien, este retraso de lo inevitable.

Lunes, 9 de marzo de 1992

Hoy veo a Yilia por la tarde y por última vez. Ya estaba preparado para oír sus palabras. Fue breve. Me explicó que había vuelto con su novio y que por tanto no podía seguir viéndome. Antes de que se fuera, le entregué una caja de tabacos vacía decorada con un dibujo del Pequeño Príncipe. Dentro le puse una carta y una postal. Ambas con palabras muy proféticas. Es el fin de esta historia, que ha sido bella y esperanzadora.

Seguirá por la vida, me recordará o no, y la vida no se detendrá. Nunca se detiene. Por suerte.

Tuesday, April 15, 2008

La felicidad


Un niño suelta palomas desde su balcón. Las palomas vuelan todas al techo, excepto una, que se posa en otro balcón. Una señora sale a su balcón, ve una sombra extraña a su lado y se asusta. Luego descubre que es solo una paloma y la mira con odio. Entra a su casa y regresa con una escoba. Espanta a la paloma. Sonríe. Vuelve a ser feliz.

Saturday, April 12, 2008

Peligro


Día de sol fuerte. La tarde esta en su momento más agresivo. Los automóviles, buses, y camiones escupen ruidos ensordecedores. Pisotean el silencio. Lo profanan. Dos ancianos, jorobados por el peso de sus años, caminan en direcciones opuestas. Ella, hacia el oeste. El, hacia el este. Apoyan sus cuerpos en gastados bastones de caoba. Caminan con una lentitud trágica. Les sirve de escenografia un edificio apuntalado de la Habana Vieja, a punto de rendirse al tiempo y al abandono. Justo en el instante en que se encuentran, los dos ancianos notan que clavado a una ventana hay un cartel que avisa: PELIGRO DE DERRUMBE.

Friday, April 11, 2008

Hambre



En la cima de un árbol alto y casi sin ramas hay un nido lleno de diminutos huevos. La madre los cuida: se mueve de un lado para otro, nerviosa, preocupada. De pronto siento hambre y sacudo el árbol. Cae un huevo en mi hombro derecho. Se rompe. Lo recojo, esperanzado en saciar mi apetito. Pero en vez de yema amarilla, me encuentro con una masa babosa y negra. Es un pichón sin alas, con mucho mas de ratón que de ave, torpe en sus movimientos, pero con un pico largo y afilado y ojos enormes. No se que hacer con el animal. Comérmelo no puedo. El también tiene hambre. Con el pico me ha hecho heridas en la mano y se alimenta de mi sangre. Busco un lugar donde darle refugio. Encuentro un orificio en la parte inferior de un muro de ladrillos. Escondo el animal con mucho cuidado. Al verse rodeado de tierra comienza a comérsela. Lo miro por un instante y luego me voy, más hambriento que nunca.

18 de enero de 1991

Tuesday, April 8, 2008

El sabor de la literatura


Cuando descubrió el sabor de la literatura, estuvo un año escribiendo sin parar. Cada minuto traía un nuevo poema; cada día, un nuevo cuento; cada mes, una nueva novela. Pensó que nunca se le agotaría esa terquedad creadora. Sin embargo, un día al levantarse se sintió extraño. No supo determinar qué le había sucedido. Ni siquiera lo sospechó. Fue a su cuarto y buscó papel y tinta. Trató de escribir. Nada. Golpeó la pared. Nada. Se sentó de nuevo a la mesa. Volvió a intentarlo. Nada. Se había agotado como escritor. Estaba muerto. Era el fin. Buscó por toda la casa cada cosa que había escrito. Las reunió. Las organizó por temas. Decidió que, de ahí en adelante, no iba a escribir sino a leer lo que había escrito. Escogería las obras a leer guiándose por su estado de ánimo, justo como seleccionaba los temas sobre los que escribía cuando aun disfrutaba de ese raro privilegio. De escritor paso a lector y así estuvo hasta que un buen día se quedó sin qué leer y se metió un tiro en la cabeza.