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Thursday, May 17, 2012

Zahylis Ferro reseña un libro de Sindo Pacheco


Ingenio, amistad, inocencia, espíritu aventurero, ansias de grandes conquistas, sencillez y ternura jóven y febril se mezclan deliciosamente en El beso de Susana Bustamante (Editorial Gente Nueva 2011), una nueva historia del “Mark Twain tropical”, Sindo Pacheco. 
Hace un tiempo, tras haber publicado en kontARTE un cuento de Sindo, trataba yo de describir su habilidad para narrar cosas inverosímiles de la manera más sencilla imaginable, cuando alguien en un comentario lo llamó el “Mark Twain tropical” y no creo que haya mejor calificativo que ese. Podría ser este libro una adaptación cubana de Tom Sawyer, o un Huckleberry Finn made in Cabaiguan, igualmente exquisitos en el uso de una narrativa limpia y excitante que fluye como arroyo desbordado y de  la misma manera te arrastra, te somete, te adentra en sus intimidades y dulcemente te roba la sonrisa. Pero tiene El beso de Susana Bustamante una autenticidad sublime, la sencillez de ser una historia repetida y repetible, la humildad de la aventura casera, la inocencia y libertad de una adolescencia circunscrita a barrio pequeño e ilusiones grandes.

Más aquí.

Thursday, February 2, 2012

AVISO A LOS NIÑOS DE LA GUAGUA DEL FUTURO

Por Sindo Pacheco

Cuando salí hacia la escuela aquel día de San Patricio, imaginé los ojos de doña Ofelia, mirándome tras sus gruesos espejuelos: ¿conque no hizo la tarea, Samuel…?, y tomándome de una oreja,  me sentaba junto a su escritorio, en el pupitre especial en donde se posaban todas las miradas. Inmediatamente comprendí que nada podría librarme del castigo, y proseguí mi camino sufriendo de antemano el bochorno ante mis compañeros. Frente a la tienda de Claudino, vi una lata de leche condensada Matilda.  Le di una patada y, tras un vuelo silencioso, Matilda cayó ruidosamente sobre el borde de la acera. Nunca la hubiera desprendido de su sitio de no ser por el placer que sentía cambiando las cosas de lugar, alterando las viejas locaciones. De modo que volví a patearla, lanzándola contra la puerta de la panadería. La lata crujió comos si todo el vacío de su alma escapara por aquellos ojos carentes de expresión que miraban a lados diferentes, y tuve que aceptar el reto de conducirla hasta la escuela. Esos desafíos solían entonces aparecerse de improviso, sin que uno pudiera encontrarle una razón. Fui desplazando a Matilda metro a metro, cuadra a cuadra, esquina tras esquina. Frente al colegio había una guagua, de listas azules y blancas como la bandera. La puerta se abrió cuando iba cruzando y varios hombres me empujaron adentro. Dos niños, pecosos como si fueran hermanos, bostezaban en el primer asiento, y ni siquiera alzaron la vista para verme. Me senté tras ellos, y el motor de aquella patria rodante me saludó con un rugido como un grito de guerra.
Todo el día anduvimos por carreteras brumosas y rutas intrincadas, ora se veían cañaverales, ora campos de arroz, ora potreros de ganado, con lejanas vacas diminutas y, otras veces, sólo asomaba el marabú como el cabello rebelde de la tierra. Al mediodía nos dieron una bandeja con arroz y trozos de pescado, y no recuerdo si un pomo de leche fría sin azúcar. Por la tarde comimos sopa de cebollas con rodajas de pan; y luego aparcamos a la vera de un camino a esperar que amaneciera. Cuando desperté, vi una legión de agitados muchachos, tres de los cuales fueron traídos al vehículo. Uno era un negrito, que miraba con expresión de indiferencia o tal vez resignación.
Cada mañana nos deteníamos frente a la puerta de un colegio, donde fuimos sumando pasajeros, siempre del sexo masculino. Calculé que tal vez era un experimento para medir la resistencia de uno a la velocidad o al encierro; pero nada supimos con certeza  pues los guías —tres militares corpulentos y ceñudos, armados con poderosos rifles de asalto— y el chofer, hombre gordo de ademanes nerviosos, únicamente repetían la misma frase hasta el cansancio:
—¿Qué es esto que va aquí? —preguntaban los militares.
—La Guagua del Futuro —respondía el chofer.
Y los gendarmes, para celebrar, ametrallaban el aire agujereando el techo del vehículo.
El fin de semana viajamos sin descanso, salvo para abastecernos de vituallas y para llenar de combustible los dilatados depósitos.
Nadie intentó escapar, no sé si por desdén o por miedo a quedarnos sin futuro. Teníamos agua, comida, y un baño para evacuar nuestros apremios. El paisaje era distinto a cada instante, y esa inquietud por apresar lo novedoso parece que nos fue apaciguando.
Cuando el carro del futuro se hubo llenado por completo, viajamos tres días y tres noches sin parar como un juguete de cuerda que acariciaba el suelo de la patria. Recuerdo a dos chinitos, a uno rubio de ojos azulados, al negrito, a los hermanos pecosos, y a uno pelirrojo que tenía un óvalo de pelo en la frente, que en vez de lunar parecía una agazapada cucaracha.
Una mañana el negrito estuvo llorando largamente pues extrañaba a su mamá y a un perro suyo llamado Vinagreta.
Al día siguiente nos detuvimos junto a un centro escolar que abría sus puertas a los niños y mandaron a bajar a los hermanos pecosos del primer asiento. El espaldar se plegó hacia delante, y pude ver a través del parabrisas aquella forma natural con que el carro del futuro devoraba los caminos.
Llegamos a mi escuela a la hora en que todos salían gritando con sus libros a la espalda. Nadie se fijó en mí, ni le importó preguntarme. Matilda seguía allí junto a la cerca, con sus ojos mirando hacia la nada. La tomé en mis brazos, como un hijo que uno recupera, y prometí que nunca más iba a dormir en la calle.
Ni mi madre ni mi padre se mostraron sorprendidos, como si hubiera partido de la casa esa mañana. Yo pensé que el recorrido había sido por llegar tarde al colegio o por no haber hecho la tarea,  y me senté a la mesa a corregir la deficiencia; pero el viejo, que siempre tuvo un carácter reflexivo, cerró mi libreta, y me dijo, mirándome a los ojos: hijo, esa guagua no existió, prométeme que nunca dirás nada de la Guagua.
Hasta hoy he cumplido mi promesa. El resto de mi vida no ha sido más que obedecer, primero a mis padres, a doña Ofelia, luego al director, a los gerentes, a la autoridad, los funcionarios, las leyes y disposiciones, los consejeros, los sacerdotes, los médicos, en un mundo regido por la obediencia y la lealtad.
Pero ahora que ha llegado al fin la transparencia y no existe la obligación de obedecer; ahora que uno puede ser lo que uno es y preguntar cualquier pregunta; ahora, que es casi obligatorio el derecho a preguntar, y que a mi edad ya no importa para nada quedarse sin futuro, quisiera, si algún niño de aquellos de la Guagua lee este aviso, un poco largo por cierto, se tome el favor de escribirle a Samuel R. al apartado postal 2050. Nunca pude comprender por qué el chofer y aquellos militares parecían tan sinceros.

Saturday, January 21, 2012

AHORA O NUNCA, un cuento de Rafael Altuna


A inicios del llamado Período Especial, publicó la colección de relatos Una tarde en el río, que fue el primer libro que salió a la luz por la Editorial Capiro, de Santa Clara. Dejó un manojo de cuentos sin libro, y una novela inédita: De la soledad y el polvo. Su obra no fue extensa, tampoco Rafael era un escritor prolífico, escribía sólo cuando sentía necesidad de hacerlo, cuando un tema lo tomaba por asalto. Pero, aunque no parecía sentir interés por su labor creadora, leía y revisaba los trabajos de los amigos y de los jóvenes autores. A cada rato me presentaba un texto de algún iniciado, que descubría no sé dónde y al cual asesoraba con sumo placer.  Su profesión de maestro, que ejerció durante algún tiempo, allá en su juventud, era lo que disfrutaba con mayor satisfacción. Eso, y recordar. Su muerte el pasado 28 de diciembre sumió a sus familiares y a sus amigos en una honda tristeza. Los que vivimos junto a él sus últimos años, le vamos a echar de menos. Yo prefiero recordarlo hablando de su natal Santa Clara, de sus personajes, sus sitios, sus mercados, su ayer que transcurrió en aquellas calles de su memoria. Cuando hablaba de su ciudad, su carácter, últimamente lastimado por los efectos de su enfermedad, sufría una transformación, y la mirada se le llenaba de luz. No en balde, pidió a su esposa Raquel, que sus restos fueran llevados hasta allá. Descanse en paz Rafael Altuna Delgado.

Sindo Pacheco


AHORA O NUNCA
Por Rafael Altuna

La pareja entró al bar y se fue a instalar al fondo del mostrador. Todo estaba en semipenumbras, y la música que provenía de las bocinas empotradas al techo, era apenas un hilo entre el murmullo de voces y el zumbido de la consola de aire. Una línea de pequeñas lámparas, a lo largo de la barra, era toda la iluminación. Al otro extremo quedaban las mesas, y algo más retirados, junto a las cortinas, estaban los baños, con los rótulos en rojo sobre el dintel. Además de ellos había otras tres parejas sentadas a la barra, y un par de hombres, separados por una banqueta, bebían en silencio.
 —¿Qué van a tomar?  —preguntó el viejo del otro lado del mostrador.
 —¿Qué quieres?
La muchacha miró la fila de botellas sobre el frigidaire niquelado. En realidad no quería nada.
 —Algo que sea suave —dijo.
El hombre se volvió al dependiente.
 —Dice que quiere algo suave.
El viejo dejó a un lado el paño con el cual había estado frotando el mostrador y se ajustó el nudo de la corbata.
 —¿Un daiquirí?
La muchacha se encogió de hombros y entonces el hombre solicitó al dependiente:
 —Traiga dos —dijo.
En cuanto el viejo se retiró la muchacha se volvió a él:
 —¿Qué piensas hacer?
El hombre extrajo un cigarro y lo encendió. Una nube rosada de humo lo envolvió de golpe, luego la nube ascendió lenta hasta alcanzar el globo de luz sobre su cabeza y desapareció en la oscuridad del techo.
La muchacha hizo descansar los codos sobre la madera limpia y pulida del mostrador y miro al anaquel donde estaban las copas. Ahora de perfil, contra la pared empapelada y la luz que penetraba desde lo alto parecía algo irreal.
 —¿Qué harías tú en mi lugar?
 —No soy yo quien tiene que tomar una decisión.
La muchacha se enderezó en la banqueta; el pelo, bajo la luz rosada parecía un brasero a punto de extinguirse, y el vestido verde de tirantes había tomado un color indefinido. Tenía hombros bien formados y era de senos pequeños y puntiagudos. El hombre la recordó desnuda frente al espejo en la habitación del motel tres días atrás, y por primera vez sintió miedo.
En aquel momento regresó el dependiente con el pedido. Escribió algo en un talón de notas, arrancó la hoja y la metió bajo el mostrador.
 —No fuiste sincero desde un principio —dijo ella en cuanto el dependiente se hubo retirado.
 —Mi hijo está de por medio.
 —No fuiste lo suficientemente sincero.
 —¿Tú qué hubieras hecho?
 —No sé. Es muy probable que lo mismo, pero de otra manera.
El hombre trató de alcanzarle una mano por encima del mostrador, pero ella se lo impidió.
 —Dame un par de semanas —dijo—. Si no encuentro solución, podrás hacer lo que quieras. Confía en mí.
 —No puedo.
 —Haz un esfuerzo.
 —Ni un día más. Ahora o nunca.
El hombre apagó el cigarro en el cenicero y quedó en silencio mientras las notas de un Yesterday lánguido salía de las bocinas, la melodía se alzaba y descendía para después casi perderse en el gorgojeo del agua entre las manos del empleado que, absorto, lavaba los vasos de pie ante el fregadero.
Él estaba seguro que tarde o temprano aquello tendría que ocurrir, desde el primer momento lo supo, pero siempre le pareció lejano, siempre había encontrado una forma para cambiarlo de sitio, para encubrirlo y restarle importancia. Sin embargo, ahora se sentía impotente, vacío.
Echó a un lado el pitillo y bebió directamente del borde.
La muchacha tenía la mirada en el espejo, pero sólo alcanzaba a distinguirle un pedazo del rostro entre las botellas.
El hombre encendió otro cigarro.
 —¿Para esto me hiciste venir?
La muchacha apartó la mirada del espejo.
 —Era todo cuanto quería decirte.
Inició un ademán para levantarse, pero él la retuvo colocándole una mano encima del hombro.
La muchacha se acomodó nuevamente. Estaba tan hermosa que el hombre otra vez tuvo miedo, un miedo real, autentico, casi palpable.
 —Hay cosas en la vida…
 —¿Qué día vienen? —lo interrumpió ella.
 —Al menos déjame hablar.
 —No quiero.
Ella sabía que tampoco podría escucharlo. Se puso de pie.
 —¿Cuándo? —insistió la muchacha.
 —El miércoles, en el vuelo de la tarde —dijo él, y de repente se sintió desnudo.
Luego hizo girar la banqueta y quedó casi frente a ella. Ahora de pie le pareció todavía más hermosa. Por un momento tuvo deseos de abrazarla, de pedirle que se quedara para toda la vida.
 —¿Podríamos hablar mañana?
La voz le sonó blanda, inconvincente, ajena.
 —Mañana será igual que hoy.
— Dame al menos una semana.
 —No quiero.
 —¿Por qué?
La muchacha lo miró fijamente.
 —Tú tienes dónde escoger, yo ni siquiera tengo esa opción; ojalá y la tuviera, al menos, cuando salga ahora a esa calle, podría llevarme conmigo lo que realmente quiero.
El hombre la retuvo todavía un instante.
 —¿Quieres que te acompañe?
 —No.
 —¿Qué otra cosa puedo hacer por ti?
La muchacha lo miró por última vez. Tenía el rostro contrariado y estaba a punto de llorar:
 —¡Irte al carajo! —dijo, y dándole la espalda salió del bar.
El hombre permaneció un momento observando la puerta. Después levantó la mano y le hizo una señal al viejo para que se acercara.
 —¿Otro daiquirí?
 —No —dijo él.
 —¿La cuenta entonces?
El hombre miró la banqueta vacía. Luego rodó la vista hasta el mostrador.
 —Tráigame un Bacaray doble en estría —dijo.
 —¿Carta blanca o añejo?
—Cualquiera.
Y se quedó con la vista fija en el círculo rosado que proyectaba la luz en el fondo de la copa vacía.

Tuesday, November 22, 2011

FRÍO


FRÍO

Por Sindo Pacheco

La anestesia me fue sometiendo mucho antes de entrar en el salón. Me extrajeron con sumo cuidado, y unas manos de suavidad de alas, me depositaron en la urna.
Se hizo entonces muy difícil precisar el paso del tiempo, sin distinguir la sombra de la luz, ni el ruido del silencio, salvo que la temperatura de conservación del urnatorio era muy fría. Para hacer más tolerable aquella estancia, me di a revivir ciertos eventos que entorpecían mi memoria. Recordé los paseos de mi infancia, y el asombro con que miraba y develaba el mundo circundante. Recordé algo de la velocidad: un tren o un caballo sobre un fondo de verdes. Recordé un saludo, cierta despedida, y otras incidencias, que ahora exageraba o dignificaba en un juego piadoso de imaginería.
Sabía que junto a mí había otros iguales porque la interacción que emanaba de ellos, producía radiaciones. A mi derecha había alguien que me ponía deprimido con su letanía de queja interminable, como si tuviera dañada la zona del dolor. Por mi izquierda sentía un influjo amoroso, de música de ángeles, que hacía palpitar mis circunvoluciones. Tras de mí, donde solía estar Occipital, sentía una paz como de aire, o de paisaje abierto al cielo.
Mi preocupación no era la espera, que podía prolongarse en su abismal monotonía, sino que por algún error profesional, me devolvieran un cuerpo equivocado, cuya bóveda craneal oprimiera mis partes con la severidad que suele acompañar la negligencia.
Eso activó mis temores y la zona grotesca del mal imaginar, y un día amanecí en un cuerpo de mujer. Era tan hermosa que bastaba asomarme a algún espejo para admirar su increíble simetría. Me enamoré de aquel ser de ojos almendrados, de su larga cabellera, de su sexo ampuloso que masturbaba indefinidamente, y de su forma de hacer mi voluntad sin la más mínima queja.
Pero muy pronto la aburrí. Tal vez debido a su propia sumisión, o porque ya no podía soportar los galanteos de los hombres, que se embebían con mis senos o me escrutaban las piernas con sus ojos llenos de lujuria.
Tenía una compañera de trabajo que secundaba mis rodeos por la ciudad. Era alta y delgada, de oscuros ojos grises, y muy tierna de sonrisa. Ella fue cubriendo aquel vacío de patria que significaba morar en otro cuerpo. Su cálida presencia solía introducirme en un origen, o en algún sentido de pertenencia perdida. De forma natural cayó en mis brazos una tarde, junto a un frasco de licor; y de forma tan natural seguimos el romance, que en la complacencia del sueño, no me importó que el mundo nos tomara por lesbianas.
Desperté de aquella pesadilla, y me asaltó el temor profético de que pudiera convertirse en realidad. En tal caso, juré encontrar mi cuerpo a cualquier precio. Acaso se defendería de mí, obedeciendo las órdenes de aquel que lo ocupaba; pero estaba decidido a instrumentar la violencia y conducirlo hasta algún cirujano que me hiciera tal devolución, y que yo pagaría siendo su esclavo si fuera pertinente.
Sin embargo una mañana me arrojaron a un sitio que enseguida reconocí era mi casa. Me sentí feliz y protegido, mientras un efluvio caliente de energía irradiaba mis interioridades. ¡Qué grato es estar en uno mismo!
Mi cuerpo, empero, estaba magullado y maltrecho. A casi nadie le duele el dolor de un cuerpo ajeno. Mi cuerpo regresó con problemas cardiovasculares. Le habían incorporado dos piernas que no eran compañeras, ambas del mismo pie izquierdo, y me faltaba el pulgar de la mano derecha. Desconozco el rigor a que fuera sometido, ni bajo qué bandera o estandarte fue juramentado.
Cobré mi paga, insuficiente para poder restablecerme. Nunca más cambiaría mi cuerpo por dinero. Me puse el sobretodo y huí, metiéndome en las sombras.