Sunday, April 29, 2012

MANUAL DEL POEMA SUICIDA, un poema de Yosie Crespo



                                                               Por Yosie Crespo

Rarísima la esperanza que sale de un verso.

El poema de un poeta suicida
es como cualquier otro.

Consta de cuatro puntos cardinales
cuyo fondo acabará contigo
será una trampa con un lugar de proyección.

Una muerte segura no experimenta con ausencias
ni comparte secretos más allá de sus amantes.

Ajeno a todo será conjunto
de una misma sangre.

Tendrá doce cuerpos de Virginia,
de Pizarnik, de Sexton,
los zapatos vacíos de Casariego
un maletero y toda la vida franca de Ganivet.

No habrá barreras ni perfecta unión
en su trágico deseo.

Y cuando estés más solo
te pondrá a soñar sobre su siguiente vida.

A menos que pienses faltar muy seguro
a su objetivo final,
nunca le mires directamente a los ojos
ni hagas el más mínimo intento de recordarlo.

El final es el final


Un espejo. Reflejo. Dardos sin cosmos previsible.
De un viaje se regresa. No del destino.
El final es el final.
Un punto es un ruido de disparo.
El dragón lo sabe.
Por eso escupe fuego.

© Ernesto González, 2012

Hay paz porque hay pez


Me muevo en dos mundos: el de la imagen y la palabra. ¿O es uno solo? Pudiera ser. Hoy no quiero editar. La imagen desnutre a la palabra. La palabra nutre a la imagen. La tarde es gris. Eso es una imagen. Pero también es una oración. ¿Hay acción en la oración? No, hay lenguaje, sonidos, nidos de imágenes. Despierto. Hablo. Comunico. Corto. Edito. Editar es ser dios de la imagen. Sos nido. Escucho. Hay paz porque hay pez. Hay que salir a pescar todos los días.

Sunday, April 22, 2012

Poética


Decir. Hablar. Masticar.
Romper las máscaras.
Azotar. Látigos y furia.
Látigos y furia.
Tan tú que no se pueda
ser otra cosa.
Tan tú que no se pueda
hacer otra cosa.
Tan tú que no se pueda
escribir otra cosa.

© Ernesto González, 2012

Poetry is a whore



Fuck it, fuck it, fuck it.
Live it, live it, live it.
Do it, do it, do it.
Poetry is a whore.
I’ve said it.
She licks it and I like it.
She loves to be naked.
Let her be.
Burn that dress.
She doesn’t like it.
Burn it.
Burn it.
Burn it.
She’s a whore
And she likes it.
Let her be the whore.
You be man enough to
Be the poet.

© Ernesto González, 2012

Tuesday, April 17, 2012

El sueño de la barbarie, un libro de Jacobo Machover



Un libro publicado por la editorial Atmósfera Literaria
www.atmosferaliteraria.com

Saturday, April 14, 2012

Isla o fardo, un poema de Ernesto G.



Isla o fardo,
satisfacción del sordo,  melodía que escucha cuando todo es silencio,
caminar calles que son lagos, musgo que eres,
canto eterno,
María de mis amores,
puta de sexo sin sombras,
ahora es tiempo de mirar las olas,
llegan a tus manos tan saladas,
mar, océano, palabras que sobran cuando faltan,
armonía sin creencias, versos, ritual,
una niebla que escribe su nombre en la hoja que se hunde.

© Ernesto González, 2012

Escucho voces que han dicho lo suyo, un poema de Ernesto G.


Escucho voces que han dicho lo suyo.
Camino descalzo y parece que eyaculo verbos.
Pero es sólo un resplandor.
La silla ha echado raíces.
Ha vuelto a ser árbol sin manzanas.
Ya no hay inocencia posible,
sólo periplos condenables.

© Ernesto González, 2012


Abulia o terror, un poema de Ernesto G.


Abulia o terror,
el eco salta convencido de que es luz.
Nada habrá que cercene el vacío.
Nada habrá que silencie el vuelo.
De la noche saldrán humos y sentencias,
sutiles resplandores de lo incorpóreo.
Una caída es la sombra de su estatua.
Una estatua es la caída de su sombra.
Una sombra es la estatua de su caída.

© Ernesto González, 2012

Sunday, April 8, 2012

LA ABEJA Y EL GATO, una fábula de Reinaldo García Ramos

-- ¿Qué haces ahí, lamiéndote y lamiéndote, sin trabajar? Deberías ver si te organizas con los demás de tu especie, y se ponen todos a hacer algo útil, en lugar de enroscarse ahí, como muertos de sueño, y estirar el cuello para oler y hacer bailar el rabo. ¡Levántate! ¿No ves todas las cosas importantes que están pasando? Ya casi empezó la primavera, y nosotras no damos abasto para tantas flores….¡El mundo está perdido con animales como tú…!

-- ¡No jeringues!--dijo el gato, y la dejó acercarse.
 

Después se la tragó.



Fábula tomada del libro El ánimo animal, de Reinaldo García Ramos.
Para comprar ejemplares, escriban a booksbluebird@gmail.com

Sunday, April 1, 2012

Esto que decimos es tiempo


Esto que decimos es tiempo,
una daga que baila,
un reino perdido en el pantano.
Esto que decimos es súplica,
una imagen de piedra que se esfuma,
una muerte sujeta a sus columnas.
Esto que decimos es tiempo,
tumbas que se hunden sin llegar nunca al fondo,
agonías sin lluvia, putas que ladran en la noche.

© Ernesto González, 2012

Monday, March 26, 2012

VOYEUR, un cuento de Lien Carrazana Lau

Ella es terriblemente sexy. Hasta verla cepillarse los dientes me excita. Un acto que por lo general a otro le sería repulsivo o desagradable, una actividad que difícilmente haga sexy a ningún humano sobre la faz de la tierra en ella es muy estimulante, me hace babear de sólo escuchar el sonido del cepillo chocar contra esos dientes impolutos, a la derecha, a la izquierda, arriba, abajo, frotando la lengua; esa misma lengua que imagino recorriendo mi sexo con furia. El cepillo se detiene, insistente, en los dientes delanteros, los labios, gruesos y rosados, están llenos de espuma blanca, como me figuro se verá mi semen goteando de esa boca, caverna jugosa y roja que ella parece higienizar para mí. La espuma cae en el lavabo, ella se inclina y hace un cuenco con las manos para enjuagarse la boca donde ahora habita un olor a menta. Escupe los restos de espuma con agua, dilatando los deseos de verla frente a mis ojos; ya casi puedo sentir sus labios latiendo sobre los míos. Pero ella es pícara y demora mi deseo. Toma un jabón y lo coloca bajo el chorro de agua. Se enjabona las manos, esas manos finas y ágiles, listas para acariciar todo mi cuerpo. Se restriega el rostro con ambas manos enjabonadas y luego retira la espuma con abundante agua. Me excito de sólo escuchar el sonido de las gotas deslizarse por su piel. Ella estira la mano y toma la toalla, secándose despacio los labios, las mejillas y los ojos, hasta el momento cerrados. Mientras yo sigo aquí, expectante, esperando el encuentro. Entonces ella abre los ojos y me mira. Me regala la primera sonrisa del día. Yo la imito desde el interior del espejo.

Lien Carrazana Lau, del libro ‘Faithless’ (Habitación 69 Ediciones, México DF, 2011).

Para adquirir el libro, visite http://faithlessbook.wordpress.com/

Thursday, March 22, 2012

Poética


La poesía, ¿una fórmula?
Cuando duele el alma,
¿quién anda contando sílabas?

© Ernesto González, 2012

Tuesday, February 28, 2012

Liebre o Conejo, Camello o Asno


 Por Adalberto Guerra

Cuando el galeno llegó con su indumentaria médica, varios sacos con huesos y un esqueleto de camello en un cajón, la gente empezó a mirarlo como una maldición porque antes de su llegada no había enfermado o muerto nadie en Santa Ana de Viajacas, en cambio, el galeno había visto a tanta gente morir que hablaba de la muerte como la misma naturaleza con que hablaba de sus viajes de caza, y para ilustrarlo extrajo de un saco un esqueleto y lo colocó sobre una especie de percha suspendida en el aire y tomando al muerto por los dedos de la mano, lo zarandeaba como para que encajaran los huesos que andaban en desorden, y decía –en caso de picadura, se debe- y daba una larga disertación sobre las picadas de víboras en el área genital, al tiempo que hacía con una maruga de niño el sonido de una serpiente cascabel y daba recomendaciones de no orinar sobre los huecos de las piedras y proseguía, -la amputación debe de hacerse-, y los presentes se llevaban ambas manos a las entrepiernas y aguantaban la respiración, y así saltando iba de una enfermedad a otra hasta llegar a la muerte, por lo que empezaron a pensar por primera vez profundamente en la muerte y en la víboras, en una isla sin víboras.
Aunque el médico parecía estar de paso, desclavó ante los ojos impávidos de los residentes de Santa Ana de Viajacas el enorme cajón donde guardaba la osamenta del camello y empezó a armarlo como a un rompecabezas sobre un pedestal de madera y daba la explicación completa sobre el hallazgo del rumiante sin detenerse en su labor mecánica de ir peinando la curtida piel y hablando y golpeado con el pie a manera de realinear los casco para darle una expresión de movimiento detenido en el aire y hablando sobre los viajes de caza y la travesía por el desierto y el negro que metió la mano en el vientre del puma y extrajo la espina de un pez, y así, muchas historias, con soltura tal, que la gente decía, -cuéntanos otra vez,  esa, la del hombre que vivía con hienas-, y hacía una pausa como buscando la anécdota en un libro inmenso y ahí comenzaba su larga disertación sobre lo que había visto -con estos ojos-como refería para darle halo de veracidad a lo dicho.
El único médico que había en Santa Ana de Viajacas que llegó antes de los vendedores de cepillos de lavar y antes que los últimos predicadores, que parecía más un vendedor de cepillos o un predicador, que un médico, porque se la pasaba hablando de la osamenta de camello y aseguraba haberla arrastrado tres días por el desierto en uno de sus viajes de caza, no sé de donde porque no hay desiertos en la isla, ni camellos, el caso es que muchos aseveraban que era una osamenta de asno por el diminuto cuello, ausencia total de joroba y la largura extraordinaria del falo; pero el médico del pueblo era el médico del pueblo, un hombre de muchas palabras que se empeñaba en hacer una vasta explicación hasta sobre las mutaciones de los parásitos intestinales, y para ilústralo echaba un escupitajo de tabaco sobre una piedra y dibujaba la cavidad anal y daba la explicación completa sobre las  migraciones de los oxiuros en las horas de la noche.  Hablaba con un tono de sabio insuperable por lo que la gente aprendió a asentir con la cabeza cuando hablaba del dromedario o de cualquier cosa con tal de no dar la impresión de desconcierto porque entonces venía la larga narración, reforzada siempre por las simulaciones sonoras que emitía en imitación del aullido de un perro o el ruido que hace un mulo al caer por un barranco, y para concluir; una pausa larga y la mirada inquisitiva como en espera de un movimiento de cabeza que le aseguraba que estabas entendiendo, de lo contrario volvía al inicio del asusto.
Como la gente asentía con la cabeza sin reparar mucho en sus palabras, la historia de una liebre, podía deslizarse entre las muchas historias como una liebre más, una historia más.
El médico había importado liebres que criaba para experimentos en su búsqueda de una inoculación contra la somnolencia, porque aunque tenía la apariencia de estar alerta, se dormía durante las conversaciones y cabeceaba y hacía intervalos largos que eran percibidos por pausas, que no era más que una pérdida senil del hilo conversacional por lo que volvía al inicio de la conversación sin pretenderlo, abriendo y cerrando los ojos de pronto y golpeando al interlocutor en el hombro como despertándose así mismo del letargo.
Con el tiempo, abandonó la inútil tarea de buscar un remedio contra la somnolencia porque los animalillos de alguna extraña forma se cruzaron con conejos de la isla y habitaban en todas partes, y en vez de traer la cura esperada, produjeron todo tipo de desorden y copulaban y dormían en su propia cama con sueños tan profundos que le era imposible removerlas porque cuando empujaba una hacia el piso, rodaba otra del armario y tomaba el lugar de la anterior y así sucesivamente, por lo que tenía que dormir en posición eréctil, al no haber en la casa un solo sitio donde no hubiera un bulto peludo dormitando.
Para su agravio, de día se soleaban todas sobre la osamenta del camello que parecía de lejos un muñeco de nieve en cuatro patas, y se orinaban sobre los cántaros de agua y sobre las tendederas de ropa y defecaban sobre la leche hirviendo, con descaro tal, que todo se tornó amarillo y con un irresistible olor a liebre, más bien a conejo macho, mal olor por el que podía anticiparse su llegada.
Lo que pudo haber sido la cura, llegó a ser una epidemia que escoltaría al galeno por muchos años, al grado que llegó a tener conversaciones con ellas cuando dormitaba en público y estiraba ambas manos como tratando de separar los conejos de las liebres, tratando de estrangularlas y escupía con asco como si sorbiera la leche acida. Adquirió la manía de olerse constantemente la ropa y mirarse la suela de los zapatos buscando residuos de excreción, tan grande era su sensación de asedio que llegó finalmente a amar la somnolencia porque era el único intervalo mental de soledad, y aunque usualmente lo despertaba el sobresalto de ser perseguido por gigantescos lepus, un segundo podía ser una tregua, una migración placida donde volvía a los años de su juventud, siempre a la misma taberna con dos enanas bailando sobre rosas.

Sunday, February 19, 2012

Manuel C. Díaz reseña 'Los relatos de Maurice Sparks' para el Nuevo Herald

Especial/El Nuevo Herald

Algunos escritores conciben sus historias a partir de una imagen. Otros, como Ernesto G, lo hacen a partir de un personaje. O de muchos personajes, como los que aparecen en su libro, Los relatos de Maurice Sparks (Editorial Silueta, 2011), una estupenda colección de cuentos cortos (uno de ellos, El rechazo, es realmente corto, como el de Monterroso, pero sin dinosaurio: “La invité a tomarnos un café. Me dijo que no. Yo sigo soñando”), cuyas tramas (si es que puede llamársele así a sus fugaces instantáneas de cotidianeidad) se desplazan entre la alineación y el absurdo del cada día de nuestras vidas. En sus historias, contadas a veces en un par de páginas, hay más inmediatez que trascendencia y más picardía urbana que conflictos existenciales. Son tan ingeniosas y verdaderas, tan de pop culture, que algunas podrían ser -por la actualidad de sus anécdotas y por sus certeros diálogos- la base argumental de uno de esos modernos cómics con contenido social. Otras, por su originalidad, la premisa de un guión cinematográfico.

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Sunday, February 12, 2012

Utopía genética


Acudo.
He escuchado el eco.
Algunas piedras caen.
Círculos concéntricos.
Huelo tu sexo.
Mi lengua en ti, dentro.
No vale la pena
Sembrar girasoles.
Hay que ser un poco
Siniestros.
Puro cinismo.
Te atrapo.
Calzo mi miedo,
Huelo el tuyo.
Tiemblas.
¿Será bueno que tiembles?
¿Será placer o miedo?
Uno nunca sabe.
Acudo.
He escuchado el eco.
Planto una semilla
En tu sexo.
Utopia genética:
Rosa sin espinas.

© Ernesto González, 2012

"Roll the Dice", a poem by Charles Bukowski

Wednesday, February 8, 2012

Manuel Gayol Mecías en La otra esquina

La tertulia La Otra Esquina de las Palabras invita el viernes 17 de febrero, a las 7:00 p.m., a la presentación de la novela Ojos de Godo rojo (Neo Club Ediciones), del escritor y editor Manuel Gayol Mecías. El libro será presentado por los también escritores Ángel Lago y Ángel Velázquez Callejas.

Será, como ya es habitual, en Café Demetrio (300 Alhambra Circle, Coral Gables). Los interesados pueden llamar al 305-448-4949 para más información.

En Ojos de Godo rojo el joven Joel Merlín desciende a los infiernos de la burocracia socialista, donde reina “Godofredo el Diablo, flor maligna de las encrucijadas”. La Habana, perforada por incontables túneles, amenaza convertirse en la tierra prometida de los turistas extranjeros y los “históricos” del Sempiterno. Se trata de una novela desbordante de imaginación, la crónica deliciosa de una lucha entre dos utopías: la enrojecida hipocresía del totalitarismo godiano y la búsqueda de la perfección ética de un estudiante.

Con la colección de relatos “La noche del Gran Godo” (Neo Club Ediciones, Miami, 2011), Gayol obtuvo en 1992 el Premio de Cuento Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC; y en 2004, con “El otro sueño de Sísifo”, el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz, del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Actualmente el escritor edita la revista Palabra Abierta.

Thursday, February 2, 2012

AVISO A LOS NIÑOS DE LA GUAGUA DEL FUTURO

Por Sindo Pacheco

Cuando salí hacia la escuela aquel día de San Patricio, imaginé los ojos de doña Ofelia, mirándome tras sus gruesos espejuelos: ¿conque no hizo la tarea, Samuel…?, y tomándome de una oreja,  me sentaba junto a su escritorio, en el pupitre especial en donde se posaban todas las miradas. Inmediatamente comprendí que nada podría librarme del castigo, y proseguí mi camino sufriendo de antemano el bochorno ante mis compañeros. Frente a la tienda de Claudino, vi una lata de leche condensada Matilda.  Le di una patada y, tras un vuelo silencioso, Matilda cayó ruidosamente sobre el borde de la acera. Nunca la hubiera desprendido de su sitio de no ser por el placer que sentía cambiando las cosas de lugar, alterando las viejas locaciones. De modo que volví a patearla, lanzándola contra la puerta de la panadería. La lata crujió comos si todo el vacío de su alma escapara por aquellos ojos carentes de expresión que miraban a lados diferentes, y tuve que aceptar el reto de conducirla hasta la escuela. Esos desafíos solían entonces aparecerse de improviso, sin que uno pudiera encontrarle una razón. Fui desplazando a Matilda metro a metro, cuadra a cuadra, esquina tras esquina. Frente al colegio había una guagua, de listas azules y blancas como la bandera. La puerta se abrió cuando iba cruzando y varios hombres me empujaron adentro. Dos niños, pecosos como si fueran hermanos, bostezaban en el primer asiento, y ni siquiera alzaron la vista para verme. Me senté tras ellos, y el motor de aquella patria rodante me saludó con un rugido como un grito de guerra.
Todo el día anduvimos por carreteras brumosas y rutas intrincadas, ora se veían cañaverales, ora campos de arroz, ora potreros de ganado, con lejanas vacas diminutas y, otras veces, sólo asomaba el marabú como el cabello rebelde de la tierra. Al mediodía nos dieron una bandeja con arroz y trozos de pescado, y no recuerdo si un pomo de leche fría sin azúcar. Por la tarde comimos sopa de cebollas con rodajas de pan; y luego aparcamos a la vera de un camino a esperar que amaneciera. Cuando desperté, vi una legión de agitados muchachos, tres de los cuales fueron traídos al vehículo. Uno era un negrito, que miraba con expresión de indiferencia o tal vez resignación.
Cada mañana nos deteníamos frente a la puerta de un colegio, donde fuimos sumando pasajeros, siempre del sexo masculino. Calculé que tal vez era un experimento para medir la resistencia de uno a la velocidad o al encierro; pero nada supimos con certeza  pues los guías —tres militares corpulentos y ceñudos, armados con poderosos rifles de asalto— y el chofer, hombre gordo de ademanes nerviosos, únicamente repetían la misma frase hasta el cansancio:
—¿Qué es esto que va aquí? —preguntaban los militares.
—La Guagua del Futuro —respondía el chofer.
Y los gendarmes, para celebrar, ametrallaban el aire agujereando el techo del vehículo.
El fin de semana viajamos sin descanso, salvo para abastecernos de vituallas y para llenar de combustible los dilatados depósitos.
Nadie intentó escapar, no sé si por desdén o por miedo a quedarnos sin futuro. Teníamos agua, comida, y un baño para evacuar nuestros apremios. El paisaje era distinto a cada instante, y esa inquietud por apresar lo novedoso parece que nos fue apaciguando.
Cuando el carro del futuro se hubo llenado por completo, viajamos tres días y tres noches sin parar como un juguete de cuerda que acariciaba el suelo de la patria. Recuerdo a dos chinitos, a uno rubio de ojos azulados, al negrito, a los hermanos pecosos, y a uno pelirrojo que tenía un óvalo de pelo en la frente, que en vez de lunar parecía una agazapada cucaracha.
Una mañana el negrito estuvo llorando largamente pues extrañaba a su mamá y a un perro suyo llamado Vinagreta.
Al día siguiente nos detuvimos junto a un centro escolar que abría sus puertas a los niños y mandaron a bajar a los hermanos pecosos del primer asiento. El espaldar se plegó hacia delante, y pude ver a través del parabrisas aquella forma natural con que el carro del futuro devoraba los caminos.
Llegamos a mi escuela a la hora en que todos salían gritando con sus libros a la espalda. Nadie se fijó en mí, ni le importó preguntarme. Matilda seguía allí junto a la cerca, con sus ojos mirando hacia la nada. La tomé en mis brazos, como un hijo que uno recupera, y prometí que nunca más iba a dormir en la calle.
Ni mi madre ni mi padre se mostraron sorprendidos, como si hubiera partido de la casa esa mañana. Yo pensé que el recorrido había sido por llegar tarde al colegio o por no haber hecho la tarea,  y me senté a la mesa a corregir la deficiencia; pero el viejo, que siempre tuvo un carácter reflexivo, cerró mi libreta, y me dijo, mirándome a los ojos: hijo, esa guagua no existió, prométeme que nunca dirás nada de la Guagua.
Hasta hoy he cumplido mi promesa. El resto de mi vida no ha sido más que obedecer, primero a mis padres, a doña Ofelia, luego al director, a los gerentes, a la autoridad, los funcionarios, las leyes y disposiciones, los consejeros, los sacerdotes, los médicos, en un mundo regido por la obediencia y la lealtad.
Pero ahora que ha llegado al fin la transparencia y no existe la obligación de obedecer; ahora que uno puede ser lo que uno es y preguntar cualquier pregunta; ahora, que es casi obligatorio el derecho a preguntar, y que a mi edad ya no importa para nada quedarse sin futuro, quisiera, si algún niño de aquellos de la Guagua lee este aviso, un poco largo por cierto, se tome el favor de escribirle a Samuel R. al apartado postal 2050. Nunca pude comprender por qué el chofer y aquellos militares parecían tan sinceros.

Saturday, January 28, 2012

5 preguntas a Ernesto G. en el Diario Las Américas



Por Luis de la Paz
Diario Las Américas 

Nacido en La Habana en 1967, el poeta, narrador, videoasta y bloguero Ernesto González, o simplemente Ernesto G., es sin lugar a duda una de las voces jóvenes más frescas de la cuentistica cubana, y una figura muy importante en el marco cultural de Miami, ciudad donde reside, captando en imágenes –que luego edita y difunde en internet–, el quehacer artístico, fundamentalmente de los cubanos exiliados.

A Ernesto hay que seguirlo en dos vertientes, como escritor, con una asombrosa precisión en el manejo del relato, y como realizador, que más que una afición por los videos, esconde una secreta fascinación por el cine en grande.

Su primer libro publicado, Los relatos de Maurice Sparks (Editorial Silueta, 2011), ha puesto a este joven creador, en el camino de lo que pudiera señalarse como la nueva generación de narradores, o simplemente, como parte de la corriente más renovadora de artistas cubanos. Con él hablamos de sus inquietudes, y de sus proyectos.

1.—En ti convergen muchos Ernestos: el González, el G., el poeta, el narrador, el cineasta, el bloguero y Maurice Sparks. Háblanos de esa multiplicidad de Ernesto

—Más que nada, soy un tipo que busca el placer. La creación es puro placer. No soy de los que piensan que la creación es un sacrificio. Sí creo, sin embargo, que es una necesidad. Construir personajes, ser esos personajes, crear bajo su influencia es una necesidad y es un placer. A veces convergen, a veces no. A veces se complementan (Maurice escribe un cuento erótico con el acento lírico de Ernesto G., el poeta). Nada, que estoy muy mal y debiera ser considerado un tipo altamente peligroso.

LA ENTREVISTA COMPLETA AQUÍ:

Saturday, January 21, 2012

AHORA O NUNCA, un cuento de Rafael Altuna


A inicios del llamado Período Especial, publicó la colección de relatos Una tarde en el río, que fue el primer libro que salió a la luz por la Editorial Capiro, de Santa Clara. Dejó un manojo de cuentos sin libro, y una novela inédita: De la soledad y el polvo. Su obra no fue extensa, tampoco Rafael era un escritor prolífico, escribía sólo cuando sentía necesidad de hacerlo, cuando un tema lo tomaba por asalto. Pero, aunque no parecía sentir interés por su labor creadora, leía y revisaba los trabajos de los amigos y de los jóvenes autores. A cada rato me presentaba un texto de algún iniciado, que descubría no sé dónde y al cual asesoraba con sumo placer.  Su profesión de maestro, que ejerció durante algún tiempo, allá en su juventud, era lo que disfrutaba con mayor satisfacción. Eso, y recordar. Su muerte el pasado 28 de diciembre sumió a sus familiares y a sus amigos en una honda tristeza. Los que vivimos junto a él sus últimos años, le vamos a echar de menos. Yo prefiero recordarlo hablando de su natal Santa Clara, de sus personajes, sus sitios, sus mercados, su ayer que transcurrió en aquellas calles de su memoria. Cuando hablaba de su ciudad, su carácter, últimamente lastimado por los efectos de su enfermedad, sufría una transformación, y la mirada se le llenaba de luz. No en balde, pidió a su esposa Raquel, que sus restos fueran llevados hasta allá. Descanse en paz Rafael Altuna Delgado.

Sindo Pacheco


AHORA O NUNCA
Por Rafael Altuna

La pareja entró al bar y se fue a instalar al fondo del mostrador. Todo estaba en semipenumbras, y la música que provenía de las bocinas empotradas al techo, era apenas un hilo entre el murmullo de voces y el zumbido de la consola de aire. Una línea de pequeñas lámparas, a lo largo de la barra, era toda la iluminación. Al otro extremo quedaban las mesas, y algo más retirados, junto a las cortinas, estaban los baños, con los rótulos en rojo sobre el dintel. Además de ellos había otras tres parejas sentadas a la barra, y un par de hombres, separados por una banqueta, bebían en silencio.
 —¿Qué van a tomar?  —preguntó el viejo del otro lado del mostrador.
 —¿Qué quieres?
La muchacha miró la fila de botellas sobre el frigidaire niquelado. En realidad no quería nada.
 —Algo que sea suave —dijo.
El hombre se volvió al dependiente.
 —Dice que quiere algo suave.
El viejo dejó a un lado el paño con el cual había estado frotando el mostrador y se ajustó el nudo de la corbata.
 —¿Un daiquirí?
La muchacha se encogió de hombros y entonces el hombre solicitó al dependiente:
 —Traiga dos —dijo.
En cuanto el viejo se retiró la muchacha se volvió a él:
 —¿Qué piensas hacer?
El hombre extrajo un cigarro y lo encendió. Una nube rosada de humo lo envolvió de golpe, luego la nube ascendió lenta hasta alcanzar el globo de luz sobre su cabeza y desapareció en la oscuridad del techo.
La muchacha hizo descansar los codos sobre la madera limpia y pulida del mostrador y miro al anaquel donde estaban las copas. Ahora de perfil, contra la pared empapelada y la luz que penetraba desde lo alto parecía algo irreal.
 —¿Qué harías tú en mi lugar?
 —No soy yo quien tiene que tomar una decisión.
La muchacha se enderezó en la banqueta; el pelo, bajo la luz rosada parecía un brasero a punto de extinguirse, y el vestido verde de tirantes había tomado un color indefinido. Tenía hombros bien formados y era de senos pequeños y puntiagudos. El hombre la recordó desnuda frente al espejo en la habitación del motel tres días atrás, y por primera vez sintió miedo.
En aquel momento regresó el dependiente con el pedido. Escribió algo en un talón de notas, arrancó la hoja y la metió bajo el mostrador.
 —No fuiste sincero desde un principio —dijo ella en cuanto el dependiente se hubo retirado.
 —Mi hijo está de por medio.
 —No fuiste lo suficientemente sincero.
 —¿Tú qué hubieras hecho?
 —No sé. Es muy probable que lo mismo, pero de otra manera.
El hombre trató de alcanzarle una mano por encima del mostrador, pero ella se lo impidió.
 —Dame un par de semanas —dijo—. Si no encuentro solución, podrás hacer lo que quieras. Confía en mí.
 —No puedo.
 —Haz un esfuerzo.
 —Ni un día más. Ahora o nunca.
El hombre apagó el cigarro en el cenicero y quedó en silencio mientras las notas de un Yesterday lánguido salía de las bocinas, la melodía se alzaba y descendía para después casi perderse en el gorgojeo del agua entre las manos del empleado que, absorto, lavaba los vasos de pie ante el fregadero.
Él estaba seguro que tarde o temprano aquello tendría que ocurrir, desde el primer momento lo supo, pero siempre le pareció lejano, siempre había encontrado una forma para cambiarlo de sitio, para encubrirlo y restarle importancia. Sin embargo, ahora se sentía impotente, vacío.
Echó a un lado el pitillo y bebió directamente del borde.
La muchacha tenía la mirada en el espejo, pero sólo alcanzaba a distinguirle un pedazo del rostro entre las botellas.
El hombre encendió otro cigarro.
 —¿Para esto me hiciste venir?
La muchacha apartó la mirada del espejo.
 —Era todo cuanto quería decirte.
Inició un ademán para levantarse, pero él la retuvo colocándole una mano encima del hombro.
La muchacha se acomodó nuevamente. Estaba tan hermosa que el hombre otra vez tuvo miedo, un miedo real, autentico, casi palpable.
 —Hay cosas en la vida…
 —¿Qué día vienen? —lo interrumpió ella.
 —Al menos déjame hablar.
 —No quiero.
Ella sabía que tampoco podría escucharlo. Se puso de pie.
 —¿Cuándo? —insistió la muchacha.
 —El miércoles, en el vuelo de la tarde —dijo él, y de repente se sintió desnudo.
Luego hizo girar la banqueta y quedó casi frente a ella. Ahora de pie le pareció todavía más hermosa. Por un momento tuvo deseos de abrazarla, de pedirle que se quedara para toda la vida.
 —¿Podríamos hablar mañana?
La voz le sonó blanda, inconvincente, ajena.
 —Mañana será igual que hoy.
— Dame al menos una semana.
 —No quiero.
 —¿Por qué?
La muchacha lo miró fijamente.
 —Tú tienes dónde escoger, yo ni siquiera tengo esa opción; ojalá y la tuviera, al menos, cuando salga ahora a esa calle, podría llevarme conmigo lo que realmente quiero.
El hombre la retuvo todavía un instante.
 —¿Quieres que te acompañe?
 —No.
 —¿Qué otra cosa puedo hacer por ti?
La muchacha lo miró por última vez. Tenía el rostro contrariado y estaba a punto de llorar:
 —¡Irte al carajo! —dijo, y dándole la espalda salió del bar.
El hombre permaneció un momento observando la puerta. Después levantó la mano y le hizo una señal al viejo para que se acercara.
 —¿Otro daiquirí?
 —No —dijo él.
 —¿La cuenta entonces?
El hombre miró la banqueta vacía. Luego rodó la vista hasta el mostrador.
 —Tráigame un Bacaray doble en estría —dijo.
 —¿Carta blanca o añejo?
—Cualquiera.
Y se quedó con la vista fija en el círculo rosado que proyectaba la luz en el fondo de la copa vacía.

Sunday, January 15, 2012

El puente de Brooklyn bajo la lluvia, un poema de B. Delgado


                            
                                  1
Ahora que llueve en la ciudad de los sobrevivientes
Allí donde la paz de las arenas nos condenó los dientes
Tejo y muelo retazos de una niebla tan dulce como la miel de la renuncia
Un catafalco sobre el mar, una virgen desnuda
La ilusión de tocar
Lo imposible
Dedos dedales dédalo de calles
-En el taxi los besos se hicieron latigazos 
Aire mordido, piel
Dulzura de la sal-
Quien nos devolverá la historia y su vacío
Como un puente de piedra
 Llueve y la luz se acuesta como perla de lujo,
Como diamante durazno
Como la piel en la noche de los casi.

Ahora que llueve y ya sabemos que los años son otros puentes derruídos
Que la cuerda que salva nos enlaza
Nos pide el precio de la sangre
Nos amenaza con un bostezo y el oro de los parias
Andamos tan ligeros como un lagarto sobre el puente de Brooklyn
Bajo la lluvia doméstica y la lluvia extranjera
Y la lluvia prohibida y la tímida y la dévorante.

                                  2
Terciopelo del triste
Húmeda, acogedora soledad.
En otras latitudes la llamarían garúa, preludio de monzón.
Chispa escondida es la palabra secreta que le ofrezco
Resplandor ahogado, arañazo de luz
Todo lo que perdimos y nos salvó.
Lo que perdimos en la última crecida:
Hojas de luna celosamente conservadas
Aromas táctiles de seda y durazno
De una piel que fue puente y abismo bajo el puente
Posible e imposible
En un taxi azotado por el vacío de la historia
Furiosamente galopando hacia el Upper West Side.

Cuando escampe, Manhattan será por un instante dulce
Y el puente de Brooklyn, naranja-bonzo y rosado-drag-queen,
Banal.

B.D., mayo 2011

Friday, January 13, 2012

Poema


Coordenadas augustas.
Tiempo, tiempo, tiempo.
Ciclón de veras, tempestad.
Un tenso de luz,
Maniobra de lo oscuro.
¿Estarás?
Nadie sabe el ritmo.
La luna mancha
Su paso sobre la arena.
Mar y mal,
Ahogados,
Sirvientes,
Visitantes.
Nadie.

Wednesday, January 4, 2012

De un tiempo deslumbrado, el 13 de enero en Delio Photo Studio

 
Editorial Silueta
 cordialmente invita a la presentación del libro
 De un tiempo deslumbrado
 del escritor
 Alejandro Fonseca
Viernes, 13 de enero de 2012
7:00pm
 Presentación a cargo de Joaquín Gálvez
y Rodolfo Martínez Sotomayor
 
Delio Photo Studio
2399 Coral Way
Coral Gables, FL 33145
(305) 856-5632- Entrada gratis
 

Saturday, December 31, 2011

Nostalgia


Un día empezaremos a talar el bosque,
uno a uno irán cayendo los árboles.
Haremos una casa cerca del mar.
Nos bañaremos con la sal y los sargazos.
Despertaremos con el ruido de las olas.
Pero en las tardes extrañaremos
el vago rumor de las ramas,
el olor a tierra mojada,
la leve caída de las hojas.
Regresaremos al bosque,
que ya para entonces será un desolado páramo,
y diremos: “Aquí estuvo la ventana, aquí la puerta,
aquí la pared sur, aquí los maderos del piso.”

© Ernesto González, 2011

Friday, December 30, 2011

Una copa de vino, su cristal


Una  copa de vino, su cristal,
el color de la uva,
si lo ves, si tus ojos
se percatan, corre hacia ti
y te abraza,
su olor te saluda,
te toma de la mano,
y te lleva, leve, hacia algún lugar
iluminado o tal vez oscuro,
donde habita un silencio.
Ahí te quedas por un instante
y escribes este poema.


© Ernesto González, 2011

Thursday, December 29, 2011

El escriba


Manos sin fin, manos que se alejan,
costa del desamparo, nieves transitorias,
una luz que vuelve y se deposita
sobre los libros del polvo,
el escribano que persigue ciego
un ave de faz indescriptible.
Paso a paso,
un camino.
Paso a paso,
una sombra.
Paso a paso,
el comienzo, el fin, la
temprana ascensión
de lo impalpable.
Manos sin fin, manos
que se alejan,
costas
que se esfuman.
Una luz que vuelve.
Un escriba ciego
caza un ave.

© Ernesto González, 2011

Tuesday, December 27, 2011

Poética


Huyo.
No es ésa mi poesía.
De ciertas palabras huyo.
De ciertos tonos huyo.
De la metáfora árida huyo.
De la no música huyo.
Un verso es un golpe,
O no es.
Por eso huyo.
Pero no me escondo.

© Ernesto González, 2011

Monday, December 26, 2011

Reinaldo García Ramos sobre Los relatos de Maurice Sparks

Por Reinaldo García Ramos

Para aludir a aquel antiguo anuncio de la Coca-Cola, confieso que para mí la lectura del libro de cuentos de Ernesto G., Los relatos de Maurice Sparks, ha sido “la pausa que refresca”. Lo he leído con alivio, con un particular regocijo. Sus páginas tienen un sabor muy diferente a lo que habitualmente producen nuestros narradores cubanos del exilio. Desde las primeras páginas, uno capta ese sabor diferente, las burbujas picantes del refresco, la brevedad calculada, que mata la sed pero que aún deja cierto deseo de seguir bebiendo.

PARA LEER LA RESEÑA COMPLETA, VISITE EL BLOG LA OTRA ESQUINA DE LAS PALABRAS DEL POETA JOAQUÍN GÁLVEZ.