Manuel C. Díaz reseña 'Los relatos de Maurice Sparks' para el Nuevo Herald

Especial/El Nuevo Herald

Algunos escritores conciben sus historias a partir de una imagen. Otros, como Ernesto G, lo hacen a partir de un personaje. O de muchos personajes, como los que aparecen en su libro, Los relatos de Maurice Sparks (Editorial Silueta, 2011), una estupenda colección de cuentos cortos (uno de ellos, El rechazo, es realmente corto, como el de Monterroso, pero sin dinosaurio: “La invité a tomarnos un café. Me dijo que no. Yo sigo soñando”), cuyas tramas (si es que puede llamársele así a sus fugaces instantáneas de cotidianeidad) se desplazan entre la alineación y el absurdo del cada día de nuestras vidas. En sus historias, contadas a veces en un par de páginas, hay más inmediatez que trascendencia y más picardía urbana que conflictos existenciales. Son tan ingeniosas y verdaderas, tan de pop culture, que algunas podrían ser -por la actualidad de sus anécdotas y por sus certeros diálogos- la base argumental de uno de esos modernos cómics con contenido social. Otras, por su originalidad, la premisa de un guión cinematográfico.

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Ojo de Godo Rojo, este viernes en La otra esquina de las palabras

Utopía genética


Acudo.
He escuchado el eco.
Algunas piedras caen.
Círculos concéntricos.
Huelo tu sexo.
Mi lengua en ti, dentro.
No vale la pena
Sembrar girasoles.
Hay que ser un poco
Siniestros.
Puro cinismo.
Te atrapo.
Calzo mi miedo,
Huelo el tuyo.
Tiemblas.
¿Será bueno que tiembles?
¿Será placer o miedo?
Uno nunca sabe.
Acudo.
He escuchado el eco.
Planto una semilla
En tu sexo.
Utopia genética:
Rosa sin espinas.

© Ernesto González, 2012

"Roll the Dice", a poem by Charles Bukowski

Manuel Gayol Mecías en La otra esquina

La tertulia La Otra Esquina de las Palabras invita el viernes 17 de febrero, a las 7:00 p.m., a la presentación de la novela Ojos de Godo rojo (Neo Club Ediciones), del escritor y editor Manuel Gayol Mecías. El libro será presentado por los también escritores Ángel Lago y Ángel Velázquez Callejas.

Será, como ya es habitual, en Café Demetrio (300 Alhambra Circle, Coral Gables). Los interesados pueden llamar al 305-448-4949 para más información.

En Ojos de Godo rojo el joven Joel Merlín desciende a los infiernos de la burocracia socialista, donde reina “Godofredo el Diablo, flor maligna de las encrucijadas”. La Habana, perforada por incontables túneles, amenaza convertirse en la tierra prometida de los turistas extranjeros y los “históricos” del Sempiterno. Se trata de una novela desbordante de imaginación, la crónica deliciosa de una lucha entre dos utopías: la enrojecida hipocresía del totalitarismo godiano y la búsqueda de la perfección ética de un estudiante.

Con la colección de relatos “La noche del Gran Godo” (Neo Club Ediciones, Miami, 2011), Gayol obtuvo en 1992 el Premio de Cuento Luis Felipe Rodríguez de la UNEAC; y en 2004, con “El otro sueño de Sísifo”, el Premio Internacional de Cuento Enrique Labrador Ruiz, del Círculo de Cultura Panamericano de Nueva York. Actualmente el escritor edita la revista Palabra Abierta.

AVISO A LOS NIÑOS DE LA GUAGUA DEL FUTURO

Por Sindo Pacheco

Cuando salí hacia la escuela aquel día de San Patricio, imaginé los ojos de doña Ofelia, mirándome tras sus gruesos espejuelos: ¿conque no hizo la tarea, Samuel…?, y tomándome de una oreja,  me sentaba junto a su escritorio, en el pupitre especial en donde se posaban todas las miradas. Inmediatamente comprendí que nada podría librarme del castigo, y proseguí mi camino sufriendo de antemano el bochorno ante mis compañeros. Frente a la tienda de Claudino, vi una lata de leche condensada Matilda.  Le di una patada y, tras un vuelo silencioso, Matilda cayó ruidosamente sobre el borde de la acera. Nunca la hubiera desprendido de su sitio de no ser por el placer que sentía cambiando las cosas de lugar, alterando las viejas locaciones. De modo que volví a patearla, lanzándola contra la puerta de la panadería. La lata crujió comos si todo el vacío de su alma escapara por aquellos ojos carentes de expresión que miraban a lados diferentes, y tuve que aceptar el reto de conducirla hasta la escuela. Esos desafíos solían entonces aparecerse de improviso, sin que uno pudiera encontrarle una razón. Fui desplazando a Matilda metro a metro, cuadra a cuadra, esquina tras esquina. Frente al colegio había una guagua, de listas azules y blancas como la bandera. La puerta se abrió cuando iba cruzando y varios hombres me empujaron adentro. Dos niños, pecosos como si fueran hermanos, bostezaban en el primer asiento, y ni siquiera alzaron la vista para verme. Me senté tras ellos, y el motor de aquella patria rodante me saludó con un rugido como un grito de guerra.
Todo el día anduvimos por carreteras brumosas y rutas intrincadas, ora se veían cañaverales, ora campos de arroz, ora potreros de ganado, con lejanas vacas diminutas y, otras veces, sólo asomaba el marabú como el cabello rebelde de la tierra. Al mediodía nos dieron una bandeja con arroz y trozos de pescado, y no recuerdo si un pomo de leche fría sin azúcar. Por la tarde comimos sopa de cebollas con rodajas de pan; y luego aparcamos a la vera de un camino a esperar que amaneciera. Cuando desperté, vi una legión de agitados muchachos, tres de los cuales fueron traídos al vehículo. Uno era un negrito, que miraba con expresión de indiferencia o tal vez resignación.
Cada mañana nos deteníamos frente a la puerta de un colegio, donde fuimos sumando pasajeros, siempre del sexo masculino. Calculé que tal vez era un experimento para medir la resistencia de uno a la velocidad o al encierro; pero nada supimos con certeza  pues los guías —tres militares corpulentos y ceñudos, armados con poderosos rifles de asalto— y el chofer, hombre gordo de ademanes nerviosos, únicamente repetían la misma frase hasta el cansancio:
—¿Qué es esto que va aquí? —preguntaban los militares.
—La Guagua del Futuro —respondía el chofer.
Y los gendarmes, para celebrar, ametrallaban el aire agujereando el techo del vehículo.
El fin de semana viajamos sin descanso, salvo para abastecernos de vituallas y para llenar de combustible los dilatados depósitos.
Nadie intentó escapar, no sé si por desdén o por miedo a quedarnos sin futuro. Teníamos agua, comida, y un baño para evacuar nuestros apremios. El paisaje era distinto a cada instante, y esa inquietud por apresar lo novedoso parece que nos fue apaciguando.
Cuando el carro del futuro se hubo llenado por completo, viajamos tres días y tres noches sin parar como un juguete de cuerda que acariciaba el suelo de la patria. Recuerdo a dos chinitos, a uno rubio de ojos azulados, al negrito, a los hermanos pecosos, y a uno pelirrojo que tenía un óvalo de pelo en la frente, que en vez de lunar parecía una agazapada cucaracha.
Una mañana el negrito estuvo llorando largamente pues extrañaba a su mamá y a un perro suyo llamado Vinagreta.
Al día siguiente nos detuvimos junto a un centro escolar que abría sus puertas a los niños y mandaron a bajar a los hermanos pecosos del primer asiento. El espaldar se plegó hacia delante, y pude ver a través del parabrisas aquella forma natural con que el carro del futuro devoraba los caminos.
Llegamos a mi escuela a la hora en que todos salían gritando con sus libros a la espalda. Nadie se fijó en mí, ni le importó preguntarme. Matilda seguía allí junto a la cerca, con sus ojos mirando hacia la nada. La tomé en mis brazos, como un hijo que uno recupera, y prometí que nunca más iba a dormir en la calle.
Ni mi madre ni mi padre se mostraron sorprendidos, como si hubiera partido de la casa esa mañana. Yo pensé que el recorrido había sido por llegar tarde al colegio o por no haber hecho la tarea,  y me senté a la mesa a corregir la deficiencia; pero el viejo, que siempre tuvo un carácter reflexivo, cerró mi libreta, y me dijo, mirándome a los ojos: hijo, esa guagua no existió, prométeme que nunca dirás nada de la Guagua.
Hasta hoy he cumplido mi promesa. El resto de mi vida no ha sido más que obedecer, primero a mis padres, a doña Ofelia, luego al director, a los gerentes, a la autoridad, los funcionarios, las leyes y disposiciones, los consejeros, los sacerdotes, los médicos, en un mundo regido por la obediencia y la lealtad.
Pero ahora que ha llegado al fin la transparencia y no existe la obligación de obedecer; ahora que uno puede ser lo que uno es y preguntar cualquier pregunta; ahora, que es casi obligatorio el derecho a preguntar, y que a mi edad ya no importa para nada quedarse sin futuro, quisiera, si algún niño de aquellos de la Guagua lee este aviso, un poco largo por cierto, se tome el favor de escribirle a Samuel R. al apartado postal 2050. Nunca pude comprender por qué el chofer y aquellos militares parecían tan sinceros.

5 preguntas a Ernesto G. en el Diario Las Américas



Por Luis de la Paz
Diario Las Américas 

Nacido en La Habana en 1967, el poeta, narrador, videoasta y bloguero Ernesto González, o simplemente Ernesto G., es sin lugar a duda una de las voces jóvenes más frescas de la cuentistica cubana, y una figura muy importante en el marco cultural de Miami, ciudad donde reside, captando en imágenes –que luego edita y difunde en internet–, el quehacer artístico, fundamentalmente de los cubanos exiliados.

A Ernesto hay que seguirlo en dos vertientes, como escritor, con una asombrosa precisión en el manejo del relato, y como realizador, que más que una afición por los videos, esconde una secreta fascinación por el cine en grande.

Su primer libro publicado, Los relatos de Maurice Sparks (Editorial Silueta, 2011), ha puesto a este joven creador, en el camino de lo que pudiera señalarse como la nueva generación de narradores, o simplemente, como parte de la corriente más renovadora de artistas cubanos. Con él hablamos de sus inquietudes, y de sus proyectos.

1.—En ti convergen muchos Ernestos: el González, el G., el poeta, el narrador, el cineasta, el bloguero y Maurice Sparks. Háblanos de esa multiplicidad de Ernesto

—Más que nada, soy un tipo que busca el placer. La creación es puro placer. No soy de los que piensan que la creación es un sacrificio. Sí creo, sin embargo, que es una necesidad. Construir personajes, ser esos personajes, crear bajo su influencia es una necesidad y es un placer. A veces convergen, a veces no. A veces se complementan (Maurice escribe un cuento erótico con el acento lírico de Ernesto G., el poeta). Nada, que estoy muy mal y debiera ser considerado un tipo altamente peligroso.

LA ENTREVISTA COMPLETA AQUÍ:

AHORA O NUNCA, un cuento de Rafael Altuna


A inicios del llamado Período Especial, publicó la colección de relatos Una tarde en el río, que fue el primer libro que salió a la luz por la Editorial Capiro, de Santa Clara. Dejó un manojo de cuentos sin libro, y una novela inédita: De la soledad y el polvo. Su obra no fue extensa, tampoco Rafael era un escritor prolífico, escribía sólo cuando sentía necesidad de hacerlo, cuando un tema lo tomaba por asalto. Pero, aunque no parecía sentir interés por su labor creadora, leía y revisaba los trabajos de los amigos y de los jóvenes autores. A cada rato me presentaba un texto de algún iniciado, que descubría no sé dónde y al cual asesoraba con sumo placer.  Su profesión de maestro, que ejerció durante algún tiempo, allá en su juventud, era lo que disfrutaba con mayor satisfacción. Eso, y recordar. Su muerte el pasado 28 de diciembre sumió a sus familiares y a sus amigos en una honda tristeza. Los que vivimos junto a él sus últimos años, le vamos a echar de menos. Yo prefiero recordarlo hablando de su natal Santa Clara, de sus personajes, sus sitios, sus mercados, su ayer que transcurrió en aquellas calles de su memoria. Cuando hablaba de su ciudad, su carácter, últimamente lastimado por los efectos de su enfermedad, sufría una transformación, y la mirada se le llenaba de luz. No en balde, pidió a su esposa Raquel, que sus restos fueran llevados hasta allá. Descanse en paz Rafael Altuna Delgado.

Sindo Pacheco


AHORA O NUNCA
Por Rafael Altuna

La pareja entró al bar y se fue a instalar al fondo del mostrador. Todo estaba en semipenumbras, y la música que provenía de las bocinas empotradas al techo, era apenas un hilo entre el murmullo de voces y el zumbido de la consola de aire. Una línea de pequeñas lámparas, a lo largo de la barra, era toda la iluminación. Al otro extremo quedaban las mesas, y algo más retirados, junto a las cortinas, estaban los baños, con los rótulos en rojo sobre el dintel. Además de ellos había otras tres parejas sentadas a la barra, y un par de hombres, separados por una banqueta, bebían en silencio.
 —¿Qué van a tomar?  —preguntó el viejo del otro lado del mostrador.
 —¿Qué quieres?
La muchacha miró la fila de botellas sobre el frigidaire niquelado. En realidad no quería nada.
 —Algo que sea suave —dijo.
El hombre se volvió al dependiente.
 —Dice que quiere algo suave.
El viejo dejó a un lado el paño con el cual había estado frotando el mostrador y se ajustó el nudo de la corbata.
 —¿Un daiquirí?
La muchacha se encogió de hombros y entonces el hombre solicitó al dependiente:
 —Traiga dos —dijo.
En cuanto el viejo se retiró la muchacha se volvió a él:
 —¿Qué piensas hacer?
El hombre extrajo un cigarro y lo encendió. Una nube rosada de humo lo envolvió de golpe, luego la nube ascendió lenta hasta alcanzar el globo de luz sobre su cabeza y desapareció en la oscuridad del techo.
La muchacha hizo descansar los codos sobre la madera limpia y pulida del mostrador y miro al anaquel donde estaban las copas. Ahora de perfil, contra la pared empapelada y la luz que penetraba desde lo alto parecía algo irreal.
 —¿Qué harías tú en mi lugar?
 —No soy yo quien tiene que tomar una decisión.
La muchacha se enderezó en la banqueta; el pelo, bajo la luz rosada parecía un brasero a punto de extinguirse, y el vestido verde de tirantes había tomado un color indefinido. Tenía hombros bien formados y era de senos pequeños y puntiagudos. El hombre la recordó desnuda frente al espejo en la habitación del motel tres días atrás, y por primera vez sintió miedo.
En aquel momento regresó el dependiente con el pedido. Escribió algo en un talón de notas, arrancó la hoja y la metió bajo el mostrador.
 —No fuiste sincero desde un principio —dijo ella en cuanto el dependiente se hubo retirado.
 —Mi hijo está de por medio.
 —No fuiste lo suficientemente sincero.
 —¿Tú qué hubieras hecho?
 —No sé. Es muy probable que lo mismo, pero de otra manera.
El hombre trató de alcanzarle una mano por encima del mostrador, pero ella se lo impidió.
 —Dame un par de semanas —dijo—. Si no encuentro solución, podrás hacer lo que quieras. Confía en mí.
 —No puedo.
 —Haz un esfuerzo.
 —Ni un día más. Ahora o nunca.
El hombre apagó el cigarro en el cenicero y quedó en silencio mientras las notas de un Yesterday lánguido salía de las bocinas, la melodía se alzaba y descendía para después casi perderse en el gorgojeo del agua entre las manos del empleado que, absorto, lavaba los vasos de pie ante el fregadero.
Él estaba seguro que tarde o temprano aquello tendría que ocurrir, desde el primer momento lo supo, pero siempre le pareció lejano, siempre había encontrado una forma para cambiarlo de sitio, para encubrirlo y restarle importancia. Sin embargo, ahora se sentía impotente, vacío.
Echó a un lado el pitillo y bebió directamente del borde.
La muchacha tenía la mirada en el espejo, pero sólo alcanzaba a distinguirle un pedazo del rostro entre las botellas.
El hombre encendió otro cigarro.
 —¿Para esto me hiciste venir?
La muchacha apartó la mirada del espejo.
 —Era todo cuanto quería decirte.
Inició un ademán para levantarse, pero él la retuvo colocándole una mano encima del hombro.
La muchacha se acomodó nuevamente. Estaba tan hermosa que el hombre otra vez tuvo miedo, un miedo real, autentico, casi palpable.
 —Hay cosas en la vida…
 —¿Qué día vienen? —lo interrumpió ella.
 —Al menos déjame hablar.
 —No quiero.
Ella sabía que tampoco podría escucharlo. Se puso de pie.
 —¿Cuándo? —insistió la muchacha.
 —El miércoles, en el vuelo de la tarde —dijo él, y de repente se sintió desnudo.
Luego hizo girar la banqueta y quedó casi frente a ella. Ahora de pie le pareció todavía más hermosa. Por un momento tuvo deseos de abrazarla, de pedirle que se quedara para toda la vida.
 —¿Podríamos hablar mañana?
La voz le sonó blanda, inconvincente, ajena.
 —Mañana será igual que hoy.
— Dame al menos una semana.
 —No quiero.
 —¿Por qué?
La muchacha lo miró fijamente.
 —Tú tienes dónde escoger, yo ni siquiera tengo esa opción; ojalá y la tuviera, al menos, cuando salga ahora a esa calle, podría llevarme conmigo lo que realmente quiero.
El hombre la retuvo todavía un instante.
 —¿Quieres que te acompañe?
 —No.
 —¿Qué otra cosa puedo hacer por ti?
La muchacha lo miró por última vez. Tenía el rostro contrariado y estaba a punto de llorar:
 —¡Irte al carajo! —dijo, y dándole la espalda salió del bar.
El hombre permaneció un momento observando la puerta. Después levantó la mano y le hizo una señal al viejo para que se acercara.
 —¿Otro daiquirí?
 —No —dijo él.
 —¿La cuenta entonces?
El hombre miró la banqueta vacía. Luego rodó la vista hasta el mostrador.
 —Tráigame un Bacaray doble en estría —dijo.
 —¿Carta blanca o añejo?
—Cualquiera.
Y se quedó con la vista fija en el círculo rosado que proyectaba la luz en el fondo de la copa vacía.

El puente de Brooklyn bajo la lluvia, un poema de B. Delgado


                            
                                  1
Ahora que llueve en la ciudad de los sobrevivientes
Allí donde la paz de las arenas nos condenó los dientes
Tejo y muelo retazos de una niebla tan dulce como la miel de la renuncia
Un catafalco sobre el mar, una virgen desnuda
La ilusión de tocar
Lo imposible
Dedos dedales dédalo de calles
-En el taxi los besos se hicieron latigazos 
Aire mordido, piel
Dulzura de la sal-
Quien nos devolverá la historia y su vacío
Como un puente de piedra
 Llueve y la luz se acuesta como perla de lujo,
Como diamante durazno
Como la piel en la noche de los casi.

Ahora que llueve y ya sabemos que los años son otros puentes derruídos
Que la cuerda que salva nos enlaza
Nos pide el precio de la sangre
Nos amenaza con un bostezo y el oro de los parias
Andamos tan ligeros como un lagarto sobre el puente de Brooklyn
Bajo la lluvia doméstica y la lluvia extranjera
Y la lluvia prohibida y la tímida y la dévorante.

                                  2
Terciopelo del triste
Húmeda, acogedora soledad.
En otras latitudes la llamarían garúa, preludio de monzón.
Chispa escondida es la palabra secreta que le ofrezco
Resplandor ahogado, arañazo de luz
Todo lo que perdimos y nos salvó.
Lo que perdimos en la última crecida:
Hojas de luna celosamente conservadas
Aromas táctiles de seda y durazno
De una piel que fue puente y abismo bajo el puente
Posible e imposible
En un taxi azotado por el vacío de la historia
Furiosamente galopando hacia el Upper West Side.

Cuando escampe, Manhattan será por un instante dulce
Y el puente de Brooklyn, naranja-bonzo y rosado-drag-queen,
Banal.

B.D., mayo 2011

Poema


Coordenadas augustas.
Tiempo, tiempo, tiempo.
Ciclón de veras, tempestad.
Un tenso de luz,
Maniobra de lo oscuro.
¿Estarás?
Nadie sabe el ritmo.
La luna mancha
Su paso sobre la arena.
Mar y mal,
Ahogados,
Sirvientes,
Visitantes.
Nadie.

De un tiempo deslumbrado, el 13 de enero en Delio Photo Studio

 
Editorial Silueta
 cordialmente invita a la presentación del libro
 De un tiempo deslumbrado
 del escritor
 Alejandro Fonseca
Viernes, 13 de enero de 2012
7:00pm
 Presentación a cargo de Joaquín Gálvez
y Rodolfo Martínez Sotomayor
 
Delio Photo Studio
2399 Coral Way
Coral Gables, FL 33145
(305) 856-5632- Entrada gratis
 

Heriberto Hernández se divierte solo


Heriberto Hernández se divierte. SOLO. La cosa es los domingos cuando no tiene nada que hacer. Es que extraña la Tanda.

Compruébelo usted mismo AQUÍ.

Nostalgia


Un día empezaremos a talar el bosque,
uno a uno irán cayendo los árboles.
Haremos una casa cerca del mar.
Nos bañaremos con la sal y los sargazos.
Despertaremos con el ruido de las olas.
Pero en las tardes extrañaremos
el vago rumor de las ramas,
el olor a tierra mojada,
la leve caída de las hojas.
Regresaremos al bosque,
que ya para entonces será un desolado páramo,
y diremos: “Aquí estuvo la ventana, aquí la puerta,
aquí la pared sur, aquí los maderos del piso.”

© Ernesto González, 2011

Una copa de vino, su cristal


Una  copa de vino, su cristal,
el color de la uva,
si lo ves, si tus ojos
se percatan, corre hacia ti
y te abraza,
su olor te saluda,
te toma de la mano,
y te lleva, leve, hacia algún lugar
iluminado o tal vez oscuro,
donde habita un silencio.
Ahí te quedas por un instante
y escribes este poema.


© Ernesto González, 2011

El escriba


Manos sin fin, manos que se alejan,
costa del desamparo, nieves transitorias,
una luz que vuelve y se deposita
sobre los libros del polvo,
el escribano que persigue ciego
un ave de faz indescriptible.
Paso a paso,
un camino.
Paso a paso,
una sombra.
Paso a paso,
el comienzo, el fin, la
temprana ascensión
de lo impalpable.
Manos sin fin, manos
que se alejan,
costas
que se esfuman.
Una luz que vuelve.
Un escriba ciego
caza un ave.

© Ernesto González, 2011

Poética


Huyo.
No es ésa mi poesía.
De ciertas palabras huyo.
De ciertos tonos huyo.
De la metáfora árida huyo.
De la no música huyo.
Un verso es un golpe,
O no es.
Por eso huyo.
Pero no me escondo.

© Ernesto González, 2011

Reinaldo García Ramos sobre Los relatos de Maurice Sparks

Por Reinaldo García Ramos

Para aludir a aquel antiguo anuncio de la Coca-Cola, confieso que para mí la lectura del libro de cuentos de Ernesto G., Los relatos de Maurice Sparks, ha sido “la pausa que refresca”. Lo he leído con alivio, con un particular regocijo. Sus páginas tienen un sabor muy diferente a lo que habitualmente producen nuestros narradores cubanos del exilio. Desde las primeras páginas, uno capta ese sabor diferente, las burbujas picantes del refresco, la brevedad calculada, que mata la sed pero que aún deja cierto deseo de seguir bebiendo.

PARA LEER LA RESEÑA COMPLETA, VISITE EL BLOG LA OTRA ESQUINA DE LAS PALABRAS DEL POETA JOAQUÍN GÁLVEZ.

A Christmas poem


Yes, world of indifference,
Machinations, dry desires, wet breasts,
Naked woman in my room,
Not a whore,
Not a whore,
Not today.
This is the time, but not the place.
You can choose your saints.
They’re on display on the sidewalk.
Are they bleeding?
They are the masters. We’re the victims.
They’re the victims. We’re the masters.
They’re the victims.
We’re the victims.
No penitence, but charm.
No penitence, but charm.
Amen.
Spare me the salvation.
Spare me the hour.
Spare me the words that
Have been reshaped, reconfigured,
Redirected, reassigned.
Oh, Lord, let me seek the emotion
Among the rubbles of reason.
Oh, Lord, this is not the time,
This is not the place.
I need a whore, Jesus,
But not today, not today.

© Ernesto González, 2011



Ena Columbié sobre Los relatos de Maurice Sparks

Maurice es natural, sin rebuscamientos ni barroquismos expresivos, tampoco es amanerado ni pedante, tiene un equilibro que se balancea entre el macho latino y el poeta escondido, Está el dolor incrustado en mi mano, ese dolor que dejaste ahí aquella tarde en la que empezaste a abandonarme. Pero su característica más relevante es el marcado deseo sexual que lo arrastra a las disímiles aventuras alrededor de los 71 relatos, mayoría de los cuales no sobrepasan la mitad de la página. Esa es otra ganancia de Ernesto, saber manejar la brevedad y convertirla en su aliada con maestría. A medida en que el libro crece notamos un desarrollo narrativo más rico, más descriptivo en ocasiones, muestra que el autor va cogiendo sabor a las laderas de todos los caminos que auguran mejores amaneceres.

Lea la reseña completa en El Exégeta.

Juan Carlos Recio en Delio Photo Studio

Delio Photo Studio, Neo Club Ediciones y Editorial Silueta invitan a la presentación el próximo miércoles 14 de deciembre, a las 7:00 p.m., del poemario Sentado en el aire (Editorial Capiro, 2011), del escritor cubano Juan Carlos Recio.

La cita es en el 2399 de la Coral Way (Miami, Florida 33145) y el libro será presentado por el también escritor, y director de Silueta, Rodolfo Martínez Sotomayor. La entrada es gratuita y los organizadores ofrecerán un refrigerio.

Recio (Santa Clara, 1968) reside en Nueva York desde el año 2000 y ha publicado los poemarios La pasión del ignorante y El buscaluz colgado, premio Ciudad de Santa Clara en 1990. En 1991 obtuvo también una primera mención en el Premio Julián del Casal de la UNEAC con su poemario inédito Hay un hombre en la cruz.

Juan Carlos Recio tiene inéditos también, entre otros, los poemarios Para matarlos a todos y Yo soy el rey Juan Carlos. Edita el blog Sentado en el aire.

En busca de una nueva flor: Conversación con Mike Porcel





Poeta en actos

                                          Al amigo Callejas

Poeta en actos punibles.
Poeta en actos sexuales.
Yo debiera ser poeta.
Alguna clase de poeta.

Poeta en actos vergonzosos,
poeta en actos asesinos.
Yo debiera ser poeta.
Poeta en actos inmorales,
poeta en actos invisibles.
Poeta en dos actos o en tres,
nunca en cuatro.
Poeta en actos infinitos.
Yo debiera ser poeta, os lo digo,
poeta de tarde en la mañana, poeta
de luz en las tinieblas, poeta
del ser que se desliza por el estar
muy tenuemente.
Un poeta en actos sublimes,
un poeta en actos finales,
un poeta que escriba un verso
que me redima de esos otros actos
innombrables.

FRÍO


FRÍO

Por Sindo Pacheco

La anestesia me fue sometiendo mucho antes de entrar en el salón. Me extrajeron con sumo cuidado, y unas manos de suavidad de alas, me depositaron en la urna.
Se hizo entonces muy difícil precisar el paso del tiempo, sin distinguir la sombra de la luz, ni el ruido del silencio, salvo que la temperatura de conservación del urnatorio era muy fría. Para hacer más tolerable aquella estancia, me di a revivir ciertos eventos que entorpecían mi memoria. Recordé los paseos de mi infancia, y el asombro con que miraba y develaba el mundo circundante. Recordé algo de la velocidad: un tren o un caballo sobre un fondo de verdes. Recordé un saludo, cierta despedida, y otras incidencias, que ahora exageraba o dignificaba en un juego piadoso de imaginería.
Sabía que junto a mí había otros iguales porque la interacción que emanaba de ellos, producía radiaciones. A mi derecha había alguien que me ponía deprimido con su letanía de queja interminable, como si tuviera dañada la zona del dolor. Por mi izquierda sentía un influjo amoroso, de música de ángeles, que hacía palpitar mis circunvoluciones. Tras de mí, donde solía estar Occipital, sentía una paz como de aire, o de paisaje abierto al cielo.
Mi preocupación no era la espera, que podía prolongarse en su abismal monotonía, sino que por algún error profesional, me devolvieran un cuerpo equivocado, cuya bóveda craneal oprimiera mis partes con la severidad que suele acompañar la negligencia.
Eso activó mis temores y la zona grotesca del mal imaginar, y un día amanecí en un cuerpo de mujer. Era tan hermosa que bastaba asomarme a algún espejo para admirar su increíble simetría. Me enamoré de aquel ser de ojos almendrados, de su larga cabellera, de su sexo ampuloso que masturbaba indefinidamente, y de su forma de hacer mi voluntad sin la más mínima queja.
Pero muy pronto la aburrí. Tal vez debido a su propia sumisión, o porque ya no podía soportar los galanteos de los hombres, que se embebían con mis senos o me escrutaban las piernas con sus ojos llenos de lujuria.
Tenía una compañera de trabajo que secundaba mis rodeos por la ciudad. Era alta y delgada, de oscuros ojos grises, y muy tierna de sonrisa. Ella fue cubriendo aquel vacío de patria que significaba morar en otro cuerpo. Su cálida presencia solía introducirme en un origen, o en algún sentido de pertenencia perdida. De forma natural cayó en mis brazos una tarde, junto a un frasco de licor; y de forma tan natural seguimos el romance, que en la complacencia del sueño, no me importó que el mundo nos tomara por lesbianas.
Desperté de aquella pesadilla, y me asaltó el temor profético de que pudiera convertirse en realidad. En tal caso, juré encontrar mi cuerpo a cualquier precio. Acaso se defendería de mí, obedeciendo las órdenes de aquel que lo ocupaba; pero estaba decidido a instrumentar la violencia y conducirlo hasta algún cirujano que me hiciera tal devolución, y que yo pagaría siendo su esclavo si fuera pertinente.
Sin embargo una mañana me arrojaron a un sitio que enseguida reconocí era mi casa. Me sentí feliz y protegido, mientras un efluvio caliente de energía irradiaba mis interioridades. ¡Qué grato es estar en uno mismo!
Mi cuerpo, empero, estaba magullado y maltrecho. A casi nadie le duele el dolor de un cuerpo ajeno. Mi cuerpo regresó con problemas cardiovasculares. Le habían incorporado dos piernas que no eran compañeras, ambas del mismo pie izquierdo, y me faltaba el pulgar de la mano derecha. Desconozco el rigor a que fuera sometido, ni bajo qué bandera o estandarte fue juramentado.
Cobré mi paga, insuficiente para poder restablecerme. Nunca más cambiaría mi cuerpo por dinero. Me puse el sobretodo y huí, metiéndome en las sombras.

Hoy, El instante, en la Feria del Libro


El Instante, novela del escritor cubano José Abreu Felippe, publicada por Editorial Silueta.

Lugar: Wolfson Campus del Miami Dade College, Salón 6100, Edificio 6.
Hora: 3:00 pm

Las Horas, este viernes en Delio Photo Studio

La Colección Strumento y Delio Photo Studio invitan el próximo viernes 18 de noviembre, a las 7:00 p.m., a la presentación del libro Las Horas, en el marco de una exposición fotográfica en la que participarán varios de los artistas involucrados en el volumen.

Las Horas, con selección y prólogo de la poetisa Ena Columbié, es un libro que combina el arte fotográfico y la poesía. El evento incluye a la propia escritora y al anfitrión, el fotógrafo Delio Regueral, además de a Carlos Pintado, Manuel Santayana, Osmany Ricardo Ávila, Noemí Luis, Carlos Rostgaard, Redel Frómeta y Germán Guerra.

Delio Photo Studio está ubicado en la 2399 y la Coral Way. Los interesados pueden llamar al número 305 856 5632 para más información.

EL CUERPO DE APOLINAR MACÍAS


EL CUERPO DE APOLINAR MACÍAS

 Por Gumersindo Pacheco

El cuerpo de Apolinar y Apolinar habían mantenido una relación sólida o lo que podría considerarse una relación bastante estable. No significa que todo fuera color de rosa, siempre hubo sus desavenencias, sus desacuerdos y disgustos, como suele ocurrir entre cualquier cuerpo y el sujeto que lo habita.
El mismo día que ambos cumplían 53 años, Apolinar tuvo una discusión con su Jefe  Raimundo Caballero, en la oficina de atención al ciudadano. Llevaba dieciocho años de intachable trayectoria para que viniera un tipo, de esos que ponían allí cada dos o tres años, a hablarle en ese tono de arrogante superioridad. Apolinar presentó su renuncia, y se marchó dándole un tirón a la puerta. Al llegar a su departamento, su esposa Evangelina no lo podía creer, nadie abandonaba su empleo así como así, por un simple desacuerdo, de qué iban a vivir en lo adelante, ¿acaso no había pensado en ella cuando se dejó llevar por sus desaforados impulsos?
Apolinar se enredó en una discusión con su esposa, llamándola ordinaria y soez, y falta de sensibilidad, y tantos reproches, incluyendo al hijo que nunca pudo darle, que cuando ésta terminó por empacar sus cosas e irse con su hermana a la vieja casa paterna, el confundido Apolinar estimó oportuno tomarse unas pequeñas vacaciones.
El sábado por la noche ya se sentía relajado, como si volviera a respirar aquella libertad de soltero que parecía tan lejana. Se vistió alegremente, dio una vuelta por los cines, por el teatro, y luego se metió en un bar, recuerdo de sus tiempos de juventud. Se sentó a la barra y al poco rato estaba rodeado de nuevos partidarios, divorciados como él, que buscaban un espacio y una segunda oportunidad, y no dejaron de faltar los brindis solidarios y las palmadas en el hombro como el anticipo de una nueva alianza.
Apolinar llegó a su departamento en plena madrugada. Abrió la puerta y lo esperó un silencio, que en lugar de paz transmitía abandono. Sí, las tres de la mañana, y qué, estaba en el bar con los amigos, ¿algún problema?, dijo; pero nadie se inmutó. Allí no estaba Evangelina con las manos en la cintura y la mirada cargada de reproches. Fue al refrigerador y extrajo una botella de Matusalén, que le había regalado ella la víspera del cumpleaños a las doce en punto de la noche. Tomó un vaso de cristal, se metió en su cuarto, y contempló su cuerpo ajado al otro lado del espejo. Sí, ¿y qué? ¿qué diablos me miras tú también?, le dijo desafiante. El cuerpo no le respondió, pero casi inmediatamente empezó a recriminarlo, no sólo por haber abandonado su trabajo, sus obligaciones, y su propia mujer, sino por el desinterés aquel que mostraba por la vida, parece que no te importa nada en el mundo. Apolinar no lo podía creer, quién diablos era él para meterse en su vida, acaso su mujer no debió mostrarle la mayor comprensión y solidaridad, precisamente en una fecha tan especial, acaso en los dieciséis años de matrimonio no la había apoyado siempre en las buenas y en las malas. No te hagas la víctima, que tan mujer es tuya como mía, replicó el cuerpo, y yo tampoco he dejado de complacerla en sus deseos y caprichos. Estás reconociendo entonces que ella es caprichosa. Tener algún capricho no significa ser caprichoso. Bah, qué sabrás tú de esas cosas, respondió Apolinar, no tienes ni siquiera voluntad, y se sirvió un trago de la botella. Sin embargo el cuerpo lo detuvo en el acto. No quiero beber, y echó la mano hacia atrás. Pero yo sí. Pero yo no. ¿Por qué no? Porque no me da la gana, y si sigues jodiendo te vas a quedar solo, ¿Quién rayos te crees, so estúpido?, no eres más que una masa incapaz. Aquí empezaron a caer en el tema filosófico: Seré una masa incapaz, pero existo antes que tú. Mientes, yo siempre estuve aquí, dentro de tu jodida naturaleza, quién si no yo, ordenaba tus movimientos, tus avances, tus lentísimos progresos. Esa orden venía del cerebro, y el cerebro es parte mía, del cuerpo. El cerebro sí, pero la idea que soy yo, estaba primero que tu estúpido cerebro. Cállate. Cállate tú, dijo el cuerpo y le dio la espalda. No podrás vivir sin mí, careces de inteligencia, de voluntad, de fuero interno. Si eso fuera cierto no podría rebatir como lo hago ahora; los cuerpos también somos capaces.
De esa manera, Apolinar y su cuerpo, dejaron de convivir en el mismo sitio que ambos ocupaban. Lo primero que sintió el cuerpo fue una paz interior, el fin de una tiranía como en sus tiempos iniciales cuando Apolinar apenas asomaba su retorcida presencia. Se tomó el trago y el resto de la botella, sin la más leve inquietud.
Seguidamente se vistió y fue a pedirle disculpas a Evangelina. Sin embargo, ella, como es natural, aún estaba enojada, Aléjate de mí, Polo, no quiero verte. Calma, mujer, no me hables de Polo, soy el cuerpo, lo abandoné por soberbio y arrogante. Estás borracho, dijo y le tiró la puerta en la cara. Sí, mi amor, balbuceó el cuerpo, porque como realmente carecía de espíritu de lucha, de fuego interior para defender sus puntos de vista, se marchó con el rabo entre las piernas.
Se dio cuenta que no lo movía ninguna idea suprema, ni lograría elaborar grandes soliloquios; sin embargo, de modo muy elemental, no podía decirse tampoco que no fuera capaz de originar ideas, y pensó que si recuperaba su empleo, Evangelina volvería a sus brazos. Ahora estaba sumamente desamparado y sentía por su esposa, una necesidad carnal casi imperiosa.
Así que al día siguiente se apareció en la Oficina de Atención a las Quejas de la Ciudadanía. Estaba dispuesto a disculparse con su jefe, a realizar su trabajo como lo había hecho siempre, quiero ver al supervisor Raimundo Caballero, le dijo a una joven desconocida que atendía la puerta. El supervisor, que pareció escucharlo de la oficina contigua, lo hizo entrar con un discreto ademán. Verá usted, Raimundo, estoy muy avergonzado con todo lo ocurrido; realmente no tuve en cuenta lo generoso que ha sido conmigo durante todo este tiempo, y me dirijo a usted…, el cuerpo de Apolinar hablaba así, como si estuviera escribiendo una carta; pero no pudo terminar la frase. Lo siento, Apolinar, la señorita Leonor está ocupando su puesto. No soy Apolinar; aunque parezca extraño, mi querido Raimundo, me he quedado solo, es decir, no más soy el cuerpo, necesito mucha solidaridad y comprensión del resto de… Vamos, vamos, Apolinar, no estamos aquí para perder el tiempo, y le señaló la puerta de la calle. Con permiso, musitó el cuerpo, todavía agradecido, porque a fin de cuentas su jefe había sido capaz de atenderlo.
Esa tarde se presentó en el Ministerio del Trabajo. Tenían una plaza de sepulturero, y otra en la oficina de correos. El cuerpo de Apolinar sintió un escalofrío de imaginarse abriendo huecos, enterrando cuerpos sin alma como el suyo, era como enterrar sus propios compañeros, como enterrarse a sí mismo. ¿En qué consiste la del correo? Mensajero Temporal, pero no se descansa los fines de semana. ¿No tiene algo diferente? Bueno, el Contrapunteo Cubano del Tabaco, un plan territorial que no paga mucho, pero considerado esencial para el desarrollo del país, aparte de que a todo el mundo le hace mucho bien el ejercicio del cuerpo, salud en cuerpo y alma, compañero. El cuerpo de Apolinar estuvo a punto de confesarle que no tenía alma, pero calculó que si la salud del cuerpo era capaz de ayudar al alma, él, que era cuerpo único, le sacaría más provecho. ¿Cuándo hay que empezar?, preguntó entusiasmado. Llene esta planilla y esté mañana a las seis frente al teatro. De allí salen los camiones.
El primer día no le fue tan mal. Hacía tiempo que necesitaba aquel baño de sol, de naturaleza abierta y relajante. A partir del segundo, sin embargo, casi no podía colocar las posturas en el surco, le dolía la espalda, el abdomen, y los músculos posteriores de las piernas. Estuvo así todo el resto de la semana, maldiciendo a los indios por patentizar semejante planta maldita.
El sábado descansó la mañana, luego se dio un poco de masaje con manteca de corojo, se bañó y salió a recorrer la ciudad. Extrañaba a su mujer, pero le pareció estúpido ir hasta su casa así, sin argumentos, lo cual achacó a eso de ser un cuerpo solo.
El lunes amaneció en el Ministerio del Trabajo. ¿Todavía existía el empleo de mensajero? El funcionario no lo reconoció a primera vista, pero la pregunta, por sí misma, indicaba que había estado allí antes. Es muy grave abandonar el Contrapunteo, se considera poco menos que desacato. Ya sé, pero no se trata de eso, estimado compañero, simplemente sería más útil en el correo; estaría comunicando a la gente, uniendo personas de todas partes, llevando saludos, felicitaciones, novedades familiares, dijo, y se quedó asombrado de la forma en que había elaborado su discurso, lo cual le confirmó que un cuerpo, por muy único que fuera, podía superarse.
Al día siguiente salió del correo municipal con un morral de cartas colgado de una bicicleta de fabricación china. Nunca había conducido semejante aparato; pero como todo lo hallaba razonablemente posible, se fue caminando junto al vehículo, pensando que eso de aprender era cuestión de un par de horas. Cada vez que asomaba a una pendiente, se subía a la bicicleta, con el silbato en la boca y la gorra de medio ganchete, y se dejaba caer como alma que se lleva el diablo. Terminaba de bruces sobre el pavimento, bajo el asombro de los adultos y la risa de los niños. Se raspó el codo izquierdo, las dos rodillas, los carpos y los metacarpos y el tobillo derecho por el que manaba un hilillo de sangre. En la tarde le cayó un aguacero, y concluyó su reparto bien entrada la noche; pero lo más deprimente era verlo, a esa altura de la vida, aferrado del manubrio, tratando de conseguir el equilibrio.
Sin embargo era un cuerpo tenaz y todo fue asunto de adaptarse. Poco a poco iba logrando la armonía en las bajadas, en los tramos rectos y en las curvas menos pronunciadas, y se lamentaba por no haber disfrutado a su tiempo tan fascinante vaivén. Se sentía como un ave, sujeta entre las alas del viento.
El jueves por la tarde, cuando salía con su último reparto, vio una carta para Evangelina Herrera, su esposa, dirigida allá donde vivía con su hermana. La remitía un tal Gonzalo Capestane, desde el vecino Palmarito. En su vida había oído hablar de él, y he aquí que apenas unos días fuera de su casa y ya su esposa empezaba a recibir correspondencia de un extraño. El cuerpo no pudo evitar un ligero escalofrío, qué falta le hacía en ese momento el espíritu calculador de Apolinar; pero no se dio a sacar conclusiones ni a preparar estrategias. Conocía bien la casa, de modo que terminado el reparto llegó hasta el portal de celosías para dejar la misiva y esfumarse, pero en ese momento la puerta se abrió y apareció Evangelina en el umbral, elegantemente ataviada, con un aura de fragancia que inmediatamente los envolvió a los dos. Hola, dijo el cuerpo de Apolinar, un poco turbado. Ella pareció reparar en su rara indumentaria. ¿Trabajas en el correo? Así es, y le entregó la misiva. Evangelina leyó el remitente, Oh, de Gonzalo, suspiró melancólica, con un brillo picaresco en la mirada. El cuerpo de Apolinar por poco se traga el silbato. ¿Quién es?, preguntó tímidamente. Evangelina volvió a la realidad y frunció el entrecejo. Perdona, se excusó él, y con la misma subió a su bicicleta desesperado por salir de aquel embrollo; pero he aquí que su destreza, como ya se dijo, no era para nada aceptable. Se bamboleó a ambos lados, una, dos, tres veces, y cayó golpeándose contra el contén de la acera.
Cuando despertó tenía un totomoyo del tamaño de un limón a un costado de la sien derecha. ¿Te duele mucho?, le preguntó Evangelina, que le aplicaba un pedazo de hielo envuelto en una toalla. Sólo un poco, parece que perdí el equilibrio. No lo perdiste, Polo, le aclaró ella, tú nunca lo has tenido.
El cuerpo de Apolinar se marchó apesadumbrado. Por el camino compró una botella de ron casero y cuando llegó al departamento, sacó un taburete hacia el balcón y se puso a beber contemplando la noche. Un sinnúmero de estrellas brillaban en el firmamento, ausentes y lejanas. Comprendió que su mujer ya no lo quería, que no le importaba un miserable comino y se sintió el cuerpo más desdichado del mundo. ¡Qué poca cosa era un cuerpo para enfrentar los desafíos de la vida! Cuánto hubiera dado porque Evangelina abriera la puerta de la cocina y lo insultara por estar bebiendo, emborrachándose un día entre semana sin que hubiera una ocasión especial ni nada por el estilo, eh, Polo, Apolinar Macías, ¿me estás oyendo…?; pero allí no había nadie que le reprochara nada. Era un cuerpo solo, y ya se sabe lo que eso significa. Empezó a tararear un viejo bolero, que hablaba de mujeres ingratas que habían pagado mal a sus hombres, arrojándolos al pantano de la desesperación y, cuando vino a darse cuenta, sintió como que alguien lo observaba. Miró hacia atrás, pero no vio nada, luego a los lados, arriba, hasta escuchar una voz inconfundible. Qué tal, ¿qué dice ese cuerpo? Era Apolinar. Vaya, regresaste, ¿quieres un trago?, invitó el cuerpo, que no salía de su asombro. No puedo, soy un espíritu. Cómo puedes hablar así, sin cuerpo. Trucos que uno aprende, tanta gente que escucha voces, de dónde crees que salen; pero ése es otro cuento, lo cierto es que no puedo saborear un trago, tendría que entrar en ti nuevamente. El cuerpo no tuvo capacidad de discutir. Asintió con un movimiento de cabeza, y Apolinar volvió a instalarse en su sitio de toda la vida. Este ron está horrible, dijo apenas sintió la ardentía. Es lo que hay, le respondió el cuerpo. ¿No tienes dinero?, ¿por qué no vamos a un bar? ¿A un bar? Claro, tengo ganas de ver la calle, los lugares, la forma de las cosas.
Poco rato después entraban al bar del hotel Miraflores, un reducto discreto, donde en otros tiempos había flores que mirar, y venían de vez en cuando a emborracharse.
Apolinar y el cuerpo se sentaron a una mesa, y el cantinero les sirvió medio vaso de ron de producción nacional. Levantaron el recipiente único y brindaron. Bueno, y qué tal, cómo te ha ido sin mí, preguntó Apolinar, no debiste tener muchos conflictos. El cuerpo se pasó la lengua por los labios. No muchos, la verdad, aunque a veces es mejor tener conflictos, hace tanto tiempo que no me pasa nada. ¿Y Eva?, preguntó Apolinar. No sé, ayer fui a llevarle una carta, por cierto, ¿tú te acuerdas de un tal Gonzalo? ¿Capestane?, preguntó Apolinar. Ése mismo, Gonzalo Capestane. Apolinar no podía creerlo. No me digas que apareció por aquí, era el novio de Eva cuando nos conocimos. ¿no te acuerdas aquella vez que nos peleamos con ella, y el cabrón se la llevó a vivir con él?, qué mala memoria tienes. Sabes bien que la memoria no es mi fuerte, se disculpó el cuerpo; pero Apolinar seguía intrigado. ¿Qué pasó con Capestane? No sé, seguramente se enteró de que nos separamos y le hizo una carta. ¿Y qué decía la carta? Cómo voy a saberlo. ¿No la abriste?, ¿no fuiste capaz de interceptarla? Claro que no, soy un empleado de correos. El cantinero les trajo otro vaso de ron y ambos se mantuvieron durante un rato en silencio. Bueno, ¿y tú?, dijo el cuerpo, cuéntame algo, cómo es la vida esa de andar sin cuerpo por ahí. Apolinar esperó que el siguiente trago hiciera su entrada para olvidarse del fantasma de Capestane. No tengo sentidos propiamente dichos, pero muchas sensaciones, de paz, de preocupación, de sosiego, en dependencia del país. ¿Qué quieres decir? Que como carezco de cuerpo puedo viajar donde quiera en fracciones de segundo, llegar a cualquier sitio, disfrutarlo, por ejemplo me encantan las sensaciones de los puertos, el fragor de las pescaderías. ¡No me digas! Así es, por eso mismo sé que me has extrañado, así que no trates de engañarme.
Dos tragos después habían logrado la reconciliación, que como bien dice la gente son muy dulces, y terminaron borrachos y abrazados como hermanos siameses.
A la semana siguiente el cuerpo y Apolinar recuperaron su empleo mediante una carta de reclamación que enviaron al organismo superior, y quince días más tarde lograron traer a Evangelina de regreso. Ambos sentían compasión hacia ella luego de haber vivido la increíble aventura de su separación. No era lo mismo ellos dos que una pobre mujer, única e indivisible. Sin embargo, algo había pasado con ella. Su esposa se había transformado en un ser esquivo, frío, inabarcable como una planicie infinita. Qué te ocurre, mujer, solían preguntarle, pero ella apenas los escuchaba. El fin de semana se fueron los tres a celebrar el reencuentro, y luego de varios Mojitos en el hotel Primavera, Apolinar y su cuerpo le preguntaron por Gonzalo. ¿Qué Gonzalo? Capestane, vieja, cuál Gonzalo va a ser. Ah, el pobre, dijo ella embelezada. ¿Pobre por qué? Porque se quedó…, se quedó clavado en el tiempo, pero sigue siendo igual de cariñoso y de atrevido. No me digas que vino a verte, que salieron, que te acostaste con él, preguntó Apolinar, adelantándose a su cuerpo. No, Polo, Evangelina suspiró largamente, son tantas las mujeres que una tiene dentro, se llevó la copa a los labios, debía deshacerme de unas cuantas, incluso de la boba esta que siempre anda contigo.