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Tuesday, July 3, 2012

Confesiones de un ególatra, Otrova Gomas

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 Por Otrova Gomas

El otro día me dejé de tonterías y decidí hacer un homenaje a mi persona. Convencido de mis altos méritos, de mi recta conducta ciudadana, y el especial talento para tantas y tan variadas cosas, organicé el importante evento, al cual, por razones de modestia y de principios, yo era el único invitado.

Para ello establecí un riguroso programa que imprimí en la única tarjeta que, dirigida a mi mismo, establecía el orden de los actos de aquella trascendental velada: primero, el discurso introductorio en el cual se destacaban mi labor patriótica así como el extraordinario aporte a la cultura universal y a la paz y la comprensión entre los hombres. Después del discurso procedería a condecorarme con la orden de mi persona en primer grado y seguidamente haría un brindis haciendo votos por una larga y exitosa vida con tan brillante trayectoria.

En el programa se establecía que después de colocarme la cinta frente al espejo, tomaría asiento para un exquisito banquete preparado para la solemne ocasión, en el cual, como invitado solitario, ocuparía el lugar de honor.

El acto se llevó a cabo a la hora prevista. Vestido de rigurosa etiqueta tomé asiento en la amplia biblioteca de mi casa, y bajo los acordes de una moderna melodía de Mozart me serví un trago de excelente whisky. Confieso que me sentía nervioso. Poco acostumbrado a los actos pomposos y a los homenajes, mordía insistentemente la boquilla de mi pipa mientras daba vueltas por la sala sonriendo amablemente cada vez que me veía en el espejo.

Cuando llegó el momento de tomar la palabra para el discurso de orden se me hizo un nudo en la garganta. No obstante, expuse de una manera magistral, plagada de inusitada sencillez y profundidad, la importancia de mi labor y de mi vida. Fue una síntesis precisa de mis virtudes de mi mágica personalidad, inteligencia y genio desbordante. Interrumpido a cada instante por mis aplausos hice especial hincapié en la graciosidad de mi varonil figura tan propia de los predestinados. Al concluir, el largo aplauso que me brindé por tan brillante pieza oratoria me obligó a inclinar varias veces la cabeza en señal de agradecimiento. Después de imponerme la condecoración me felicité sin poder ocultar el orgullo que me producía conocerme y poder disfrutar siempre de mis eminentes cualidades.

La cena fue maravillosa. De entrada me serví un coctel de caviar rojo del Volga con salsa Bouterlied acompañado de un Pinot Bouvoir 1945 de Le Roi. Luego de una increíble sopa boullibase, degusté un inolvidable moulie de corazones de aves variadas a la Domaine saboreando un increíble Lafite-Rothschild 1832. De postre flan kirschestrassen vienés con fresas gigantes.

Al finalizar aquella fastuosa cena me dirigí al sofá principal de la casa, y encendiendo un Montecristo acompañado de cognac Napoleón reserva especial, bajo las suaves notas del adagio de Albinoni cambié francas impresiones sobre mis dotes, mi pasado hermoso y mi prometedor futuro.

Fue un acto sencillo pero muy emotivo y lleno de verdadera sinceridad y afecto. El hecho de haber reconocido mis méritos y el aprecio bien merecido que me profeso me dejaron profundamente conmovido y lleno de honda satisfacción.

La noche culminó haciéndome un justo regalo y después de despedirme prometí homenajearme con más frecuencia, absolutamente convencido de ser, para mí, la persona más digna de tan justa pleitesía.

Thursday, April 1, 2010

Un cuento de Ángel Santiesteban

La madre

Entra al salón en busca de su hijo, en la visita anterior le dijeron que por indisciplina lo mandaron a la celda de castigo, allí estaría veintiún días, con media ración de comida y sin sol: así que para verlo, debía esperar al mes siguiente.

Ahora, ella busca entre decenas de presos con sus familiares, sin encontrar a su hijo; es imposible no reconocerlo, los guardias debieron equivocarse y dejarlo dentro de la galera. Va a la puerta a preguntarle a los oficiales: su hijo no está. Ellos insisten en que sí, y le enseñan la foto en la tarjeta que todos tienen como identificación.

La madre regresa al salón y pacientemente busca uno por uno. Al llegar al final y no encontrarlo comienza a llorar, pero comprende que pierde tiempo y que luego que los guardias no se lo tendrán en cuenta, así que supera su nerviosismo y reinicia la búsqueda, también infructuosa.

Cuando la vuelven a ver angustiada, los guardias se enfurecen, le dicen que su hijo si está, que por favor, si ella no lo crió que busque a la persona que lo hizo para que le indique dónde está.

Prefiere callar, sin aclarar que crio a sus hijos sola y nunca tuvo quién la ayudara. Y repasa nuevamente cada rostro. Cuando revisa y no lo encuentra, le da vergüenza molestar otra vez a los sargentos.

En el salón, sólo hay un muchacho que duerme, solitario, con el rostro escondido entre sus brazos, pero por mucho que lo mira, nada le indica que sea su hijo. Está pelado a rape, su cabeza es demasiado pequeña, los brazos flacos, la piel muy blanca y la espalda estrecha. Su hijo es alto y fuerte. Aunque le llama la atención que todos los presos estén con su familia y él no. Se acerca, desconsolada, a pesar de saber que lo hace por gusto.

Con temor, lo toca por el hombro: el muchacho levanta la cabeza y la abraza.

Tomado del libro Dichosos los que lloran

Premio Casa de las Américas

2006

CUENTO

Saturday, August 23, 2008

Desperté asustado

Desperté asustado. Sudaba. Miré a mi alrededor. Yacía sobre una camilla llena de algodones, gasas e instrumentos quirúrgicos. La habitación, sin puerta, estaba pintada de blanco. Del techo colgaba un bombillo que emitía una luz amarillenta, sucia. Una línea roja, impecablemente recta, dividía la pared en dos. Cuando intenté pararme, caí al suelo. Mi cuerpo había sido cercenado en dos con una perfección inmejorable. Mis piernas permanecían en la camilla. No parecían muertas. Mi nuevo estado físico no me sorprendió. Lo que me asustó fue no haberme sorprendido. Temí por mi razón, olvidando que si en verdad me había vuelto loco, jamás podría confirmarlo. Me molestaba más la claustrofobia que el hecho de haberme convertido en un ser de dos partes. Siempre me había gustado el color blanco pero la raya roja que dividía la pared me atemorizaba en extremo. Me parecía un chiste de muy mal gusto. Alargué los brazos y recogí mis piernas. Las puse a mi lado. Las miré detenidamente. Nada indicaba que ya no pertenecían a mi anatomía. Esta observación me condujo a varias dudas. ¿Cuál era yo? ¿La parte de arriba o la de abajo? Al principio creí resolver esta duda cuando deduje que como la parte de arriba era la que pensaba y vivía, esa parte era yo. Pero pronto regresó la niebla de la duda porque recordé que mis extremidades inferiores no habían muerto y porque me llegó otra duda aun más difícil todavía: ¿Estaba seguro de que era la parte de arriba la que pensaba? ¿Cómo podría confirmarlo? ¿No seria la de abajo? Del mismo modo que me separaron las piernas del cuerpo manteniéndolas vivas, pudieron haber trasladado las funciones de mi cerebro para alguna zona de mis extremidades inferiores. Tomé un frasco vacío que estaba sobre la camilla y lo llené de sangre. Sentí una necesidad urgente de escribir poemas, al menos eso me parecieron las inscripciones que hacía en las paredes. Al poco tiempo de haber empezado mi obsesión por la escritura, me di cuenta de que a veces algo me sugería que escribiera bajo la línea roja y otras me rogaba con mucha vehemencia que lo hiciera por encima de la línea. Los poemas de arriba eran totalmente diferentes a los de abajo, aunque era obvio que tocaban los mismos temas.

Finalmente, me quedé sin espacio en blanco donde escribir mis versos. La sangre también se agotó. Agarré con fuerza el bombillo y lo lancé al suelo. Me subí a la camilla y uní con cierta tristeza la parte de arriba con la de abajo, o viceversa, no estaba seguro. Cerré los ojos. Me dormí a esperar.