Tuesday, July 3, 2012
Confesiones de un ególatra, Otrova Gomas
Thursday, April 1, 2010
Un cuento de Ángel Santiesteban
La madre
Entra al salón en busca de su hijo, en la visita anterior le dijeron que por indisciplina lo mandaron a la celda de castigo, allí estaría veintiún días, con media ración de comida y sin sol: así que para verlo, debía esperar al mes siguiente.
Ahora, ella busca entre decenas de presos con sus familiares, sin encontrar a su hijo; es imposible no reconocerlo, los guardias debieron equivocarse y dejarlo dentro de la galera. Va a la puerta a preguntarle a los oficiales: su hijo no está. Ellos insisten en que sí, y le enseñan la foto en la tarjeta que todos tienen como identificación.
La madre regresa al salón y pacientemente busca uno por uno. Al llegar al final y no encontrarlo comienza a llorar, pero comprende que pierde tiempo y que luego que los guardias no se lo tendrán en cuenta, así que supera su nerviosismo y reinicia la búsqueda, también infructuosa.
Cuando la vuelven a ver angustiada, los guardias se enfurecen, le dicen que su hijo si está, que por favor, si ella no lo crió que busque a la persona que lo hizo para que le indique dónde está.
Prefiere callar, sin aclarar que crio a sus hijos sola y nunca tuvo quién la ayudara. Y repasa nuevamente cada rostro. Cuando revisa y no lo encuentra, le da vergüenza molestar otra vez a los sargentos.
En el salón, sólo hay un muchacho que duerme, solitario, con el rostro escondido entre sus brazos, pero por mucho que lo mira, nada le indica que sea su hijo. Está pelado a rape, su cabeza es demasiado pequeña, los brazos flacos, la piel muy blanca y la espalda estrecha. Su hijo es alto y fuerte. Aunque le llama la atención que todos los presos estén con su familia y él no. Se acerca, desconsolada, a pesar de saber que lo hace por gusto.
Con temor, lo toca por el hombro: el muchacho levanta la cabeza y la abraza.
Tomado del libro Dichosos los que lloran
Premio Casa de las Américas
2006
CUENTO
Saturday, August 23, 2008
Desperté asustado
Finalmente, me quedé sin espacio en blanco donde escribir mis versos. La sangre también se agotó. Agarré con fuerza el bombillo y lo lancé al suelo. Me subí a la camilla y uní con cierta tristeza la parte de arriba con la de abajo, o viceversa, no estaba seguro. Cerré los ojos. Me dormí a esperar.